
En nuestro día a día como psicólogos nos hemos percatado de que muchas personas llegan a terapia afectadas por algo que hemos denominado «la tragedia de la causalidad». Es un nombre, quizá demasiado apasionado, para designar una realidad de una simplicidad extraordinaria: la de que nadie tiene culpa de nada.
Estamos refiriéndonos a aquellas situaciones de la vida cotidiana que convergen en un conflicto incontrolable a partir de, generalmente, un evento nimio pero que culmina una serie de episodios que se han acumulado hasta volverse insoportables.
Siempre son conflictos entre humanos: la ruptura, la pelea, la discusión, el debate absurdo, la reunión con despido, la renuncia a ser ayudados o la ayuda que no correspondemos y que nos carcome; también el amor no correspondido, la risa en tu cara, el tweet de quien no se pone en el lugar del otro, el golpe en el mentón, el llanto por lo que nos cuentan, la muerte que te deja pensando, el hijo que expresa su identidad de un modo que colisiona con nuestros prejuicios...
Esos días puede que te plantees con rabia «por qué son así las cosas» o «por qué eres así» o «por qué los otros son de esa manera»: de impacientes, de exagerados, de lloricas, de tontos, de sensibles, de irascibles, de imbéciles, de impertinentes o de débiles...
La respuesta es tan insatisfactoria que la mayoría de personas la rechazan por insuficiente, pues es escaso el confort que ofrece una explicación tan tajante como realista:
«Si han sucedido así las cosas es que las circunstancias lo han permitido y, dadas esas circunstancias, no podría haberse hecho nada mejor».
Así de absurdo. Las cosas no estaban escritas de antemano pero, a pesar de todo, no había margen, dadas esas circunstancias, para que ocurrieran de otra manera; sucedieron así porque aquellas circunstancias y aquellos mecanismos y estructuras, actuando conjuntamente, propiciaron que sucedieran así.
Hegel (1835/2007) decía que lo originariamente trágico es que ambos lados de la colisión tienen legitimidad, y que cada uno solo puede cumplir su fin violando al otro, también legítimo. Cada cual hace lo que puede, realmente: Antígona desafía al estado y Creonte desafía a la familia.
Hegel trata la legitimidad de forma normativa, ética. Por eso, para él, ambas partes son culpables. Pero no hay culpa. Legitimidad es, en todo caso, inevitabilidad causal: el que no quede más remedio que contemplar la colisión de dos líneas a veces justas, a veces injustas. Al fin y al cabo solo hay culpa si hay libre albedrío.
No estamos posicionándonos a favor de unas causas sobre otras ni a favor de todas sino exponiendo el punto de colisión. En ambos flujos tenemos a personas actuando según lo aprendido, a veces intentando hacer lo correcto y a veces no, pero siempre según lo aprendido. Si lo que hacen es correcto o no ya es otro cantar, el de la reflexión moral, al que hincaremos el diente con más profundidad en otra entrega. El caso es que cada cual actúa desde las causas que lo han llevado hasta allí.
La «tragedia» es, por tanto, el punto de colisión de los mecanismos y estructuras reales que impelen a fuerzas contrarias a actuar unas contra otras con carácter inevitable pero no fatalista.
Con otras circunstancias se habría evitado, pero con las que había no se pudo. Es una tragedia más lúgubre que la de Hegel pues, si lo pensamos bien, es irrelevante la legitimidad moral que se le presuponga a cualquiera de las partes: alguien sale herido en cualquiera de los casos y nadie tiene la culpa de nada.
Antes de continuar tenemos que insistir en un punto fundamental y que, seguro, mucha gente puede malinterpretar: explicar algo en estos términos no equivale a bendecirlo. Que nadie tenga culpa no significa que nadie sea responsable. La culpa mira hacia atrás y busca a quien lo causó; la responsabilidad mira hacia delante y pregunta qué hacemos ahora con lo que ha pasado. A «nuestros malos» no los culpamos, pero sí les pedimos responsabilidad, como nos la pedimos a nosotros: que nadie sea culpable no obliga a tolerar nada. Somos seres morales y, de hecho, creemos que la reflexión moral es la única oportunidad que tenemos para, en el futuro, tratar de minimizar los efectos de las tragedias del día a día. Por eso podemos juzgar que algo estuvo mal, o que otra cosa habría sido mejor, sin culpar a nadie: el juicio moral se mantiene; lo que desaparece es la culpa. Y de ese juicio surge la responsabilidad: que la próxima vez las circunstancias, también las que ponemos nosotros, sean otras. Este es un mero estudio de la causalidad o, si se quiere, de la culpa en su sentido causal.
La causalidad es uno de los elementos que estudia la ontología, un concepto altamente elusivo y confuso. ¿Qué ha hecho que alguien me golpee, o discuta, o me insulte gravemente? ¿Y con qué justificación?
Nosotros observamos una respuesta anómala pero muy prevalente en contextos terapéuticos: «Yo lo he causado. Es culpa mía. Si yo lo hubiera visto venir...».
Ay, si la causalidad fuera así de sencilla. Tú eres solo una parte de la cadena; una cadena no fatalista, no predeterminada, pero sí perteneciente al vasto reino de la causalidad. No estaba escrito que esto sucediera aunque termina sucediendo porque las circunstancias, las estructuras y los mecanismos así lo impelen. Nadie tiene la culpa.
Tenemos una buena hipótesis sobre el mundo para abordar esto y defender nuestro punto de vista: la del realismo trascendental de Bhaskar (1975/2008), que luego se conocería como realismo crítico.
Para entender qué decimos cuando decimos que nadie tiene culpa conviene ver cómo ordena Bhaskar el mundo. Su punto de partida es que el conocimiento es un producto social, pero lo que hay ahí fuera existe y actúa lo conozcamos o no. Distingue así dos dimensiones. La transitiva es la de las teorías, los modelos y las explicaciones que fabricamos con lo que creemos saber; la intransitiva es la de las estructuras y mecanismos que existen y actúan con independencia de la explicación que nos demos de ellos. En nuestro caso: «soy intensa», «soy mala» o «lo he causado yo» son explicaciones transitivas, construcciones humanas, siempre incompletas, hechas con lo poco que alcanzamos a ver sobre el mundo. El conflicto, en cambio, lo produjeron mecanismos que actuaban aunque no los conociéramos. Creer que la explicación que nos damos es lo que ocurrió es lo que Bhaskar llama la falacia epistémica: reducir el «ser» al conocimiento del mismo.
Por eso el realismo se opone al idealismo, y el realismo trascendental al idealismo trascendental, que reduce lo real a modelos e ideales construidos por el sujeto. Esos constructos no existirían sin humanos que los piensen, aunque son reales en la medida en que tienen efectos causales –y vaya si los tienen–. Siempre ha habido mecanismos actuando con independencia de que alguien los conociera.
Bhaskar separa además tres dominios que el empirismo –o tu mera experiencia– aplasta en uno. Lo real incluye los mecanismos; lo actual, los eventos que estos generan, los percibamos o no; lo empírico, la experiencia que tenemos de ellos. Cuando alguien sale de un grupo, eso es un evento; la angustia y el «soy pesado» son experiencias fenoménicas, empíricas; y detrás hay mecanismos (historias de aprendizaje, contextos, necesidades de ambas partes, malos días, emociones...) que casi nunca vemos.
Y todo esto ocurre en un sistema abierto. Solo en un sistema cerrado –el laboratorio y poco más–, hay conjunciones constantes de eventos: siempre que A entonces B. Bhaskar sostiene que esos cierres son raros y, en su mayoría, producidos artificialmente. Una discusión de pareja nunca es un laboratorio: los mecanismos actúan a la vez y se alteran unos a otros, así que no hay regularidad estricta, y aun así hay causas. A causa B, sí, pero B también se ve afectado por C, que A también causa y en el que B, a su vez, influye. De ahí que las causas sean tendencias: poderes de las cosas que se ejercen sin manifestarse necesariamente en un resultado concreto, porque otros mecanismos pueden intervenir. Lo necesario pertenece al mecanismo, no a la secuencia de eventos. Así cabe decir a la vez que no estaba escrito y que no había margen: la tendencia estaba ahí, con otras circunstancias no se habría realizado y con las que había, sí. Esto hace la vida psicológica muy confusa y más probable que recurramos a explicaciones simplistas, comprimidas en un «yo-ser insuficiente».
Ante cualquier cosa que no entendemos y dada nuestra escasa visión sobre las causas, rellenamos los huecos: «algo habré hecho», «no valgo para esto», «la gente es así», «nunca me va a salir bien». Son explicaciones distintas, pero tienen la misma forma: convierten un cruce de causas que no vemos en un «ser así» –mío, del otro o del mundo– que lo explica todo de golpe. Y se mantienen porque, aunque duelan, funcionan: una certeza dolorosa suele resultar más llevadera que una pregunta abierta, y nos ahorra por un rato el miedo al rechazo, al fracaso o a la soledad.
Pero volviendo al asunto, la causa total de un acontecimiento, dice Bhaskar, es un conjunto complejo de condiciones, no una sola:
x1, x2, ..., xn.
Es una pluralidad de mecanismos de distintos niveles, en interacción, a veces unos alterando a los otros de múltiples formas. Tú eres una parte de esa cadena. Lo que vemos, la explicación que nos damos y lo que ocurrió son tres cosas distintas, y la tragedia vive en la colisión entre ellas.
Que haya un patrón entre eventos como cuando (casi) siempre te hablan mal cuando pides algo, pones un límite o das tu opinión no puede significar que tengas culpa, pero tampoco que la persona que te habla mal la tenga. Nadie tiene culpa.
Nosotros afirmamos que la determinación múltiple –y, por supuesto, una forma más dura de determinismo– niega el libre albedrío, aunque no en un sentido fatalista. Bhaskar sostiene que toda acción tiene razones reales que la causan y que eso expresa la agencia humana (Bhaskar, 1979/2015). Parece un desacuerdo, pero no lo es: lo que él defiende es la agencia, no el libre albedrío. Lo que sostiene nuestra tesis es precisamente esa negación: el realismo aporta la determinación múltiple, pero que no haya culpa descansa en que no haya libre albedrío.
Es, en el fondo, una cuestión semántica relativa a la mera definición de libertad y de libre albedrío. No habría problema al respecto si acordamos que «libertad» no es la ausencia de causas ni la apelación a entidades reificadas como la «voluntad», «personalidad» o el «ser así» en sus infinitas formas: traumas, esquemas, creencias, rasgos, sesgos, mecanismos inconscientes, estilos de apego, necesidades, heridas, pensamientos, emociones o estructuras de personalidad, sino la gama de opciones que la multicausalidad se encargará de seleccionar. El libre albedrío, en cambio, es la entidad idealista y reificada que permitiría obrar fuera del flujo de la causalidad. Y la culpa, tal como la usamos a diario, lo necesita: solo tendría sentido si, dadas exactamente esas circunstancias, se hubiera podido hacer otra cosa. Pero la gama de opciones ya viene seleccionada por las causas y eso impide la culpa.
Ojo, que esto no es negar que existan las creencias, los esquemas, las necesidades, los mecanismos inconscientes o las emociones. Para Bhaskar son reales porque causan cosas; nosotros apuntaríamos de qué están hechas: no son cosas escondidas dentro, sino historias de aprendizaje que actúan ahora, en la función que tienen para nosotros las situaciones, también las que solo conocemos por lo que nos han dicho. Quien insiste puede seguir insistiendo aunque al otro le moleste, cuando las reglas aprendidas pesan más que lo que tiene delante, y no por creencias escondidas. Solo rechazamos tomar el nombre por la causa, como un «ser así» que se explica a sí mismo, como un fantasma en la máquina.
Nuestra pugna, al fin y al cabo, es con el «ser así» y con la culpa, claro está, no con la tragedia, que no es más que la convergencia de mecanismos. Mecanismos, insistimos, que nunca vemos enteros: el agente puede ser o no consciente de las razones que causan su conducta, y hay mecanismos psicológicos a los que la conciencia no tiene acceso (Bhaskar, 1979/2015). Así que la próxima vez que te descubras buscando en ti el defecto que lo explique, recuerda que lo que ves, la explicación que te das y lo que ocurrió son cosas totalmente distintas. Lo que ocurrió fue un cruce de flujos, historias y causas que no es un veredicto sobre ti. Es más, comprenderlo tampoco lo arregla: tomar conciencia de algo no lo disuelve necesariamente ni desactiva los mecanismos que lo producen (Bhaskar, 1979/2015), pero permite cambiar la pregunta: ya no «¿qué hay de malo en mí?», sino «¿qué podemos hacer distinto la próxima vez?».
Referencias
Bhaskar, R. (2008). A realist theory of science. Routledge. (Obra original publicada en 1975)
Bhaskar, R. (2015). The possibility of naturalism: A philosophical critique of the contemporary human sciences. Routledge. (Obra original publicada en 1979)
Hegel, G. W. F. (2007). Lecciones sobre la estética (A. Brotóns Muñoz, Trad.). Akal. (Obra original publicada en 1835)
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