La autoestima parece un concepto sencillo, pero su significado ha cambiado mucho a lo largo de la historia de la psicología. En este recorrido seguimos algunas de sus principales formulaciones, desde William James hasta las propuestas analítico-funcionales actuales, para ver cómo se ha ido entendiendo la relación de una persona con su propio valor.
Historia
Su historia se inicia con William James en 1890, con su obra Los Principios de la Psicología. En ella, James estudió la conciencia de uno mismo como todo aquello que puede ser denominado «yo». Del desdoblamiento del «yo-global» en un «yo-conocedor» y un «yo-conocido» surgiría el concepto de autoestima. Esta sería, en esencia, la autocomplacencia y la autoinsatisfacción como clases de afecto opuestas. James argumentaba que, cuando estamos satisfechos con nosotros mismos, ensayamos mentalmente todas las recompensas posibles tras un rechazo, y cuando nos encontramos en un ataque de autoinsatisfacción nos situamos en lo peor. Esta constituye la primera aproximación a la autoestima o autoconcepto. James, además, propone una fórmula según la cual la autoestima sería el resultado de dividir el éxito entre las pretensiones. Para tener mayor autoestima uno simplemente tendría que subir el éxito o bajar las pretensiones. Conviene precisar que James distingue entre lo que uno es efectivamente –sus actualities, sus logros, su success– y lo que uno pretende o aspira a ser –sus pretensions, sus supposed potentialities–. Esa tensión entre lo real y lo aspirado es el antecedente directo de lo que Freud formalizaría después como la relación entre el yo y el ideal del yo.
El sociólogo Charles Cooley (1902) acuñó el concepto del «yo-espejo» (looking-glass self). Propone que nuestra identidad se forma a partir de cómo creemos que los demás nos perciben. El proceso sería: 1) Imaginamos cómo nos vemos ante otra persona. 2) Imaginamos el juicio que esa persona hace de nosotros. 3) Desarrollamos una respuesta emocional –como orgullo o vergüenza– a ese juicio percibido. Sin el «otro», no hay un espejo en el que reflejarnos. Un problema identitario surgiría directamente de una interacción donde sentimos que hemos sido juzgados negativamente (e.g., «¿Soy lo suficientemente bueno?»).
Esta dimensión social del valor que uno se atribuye volvería a aparecer, con otro lenguaje, en las formulaciones de Alfred Adler. Diez años después, Alfred Adler, en 1912, desplegó toda una teoría que él denominó «psicología individual», encargada del estudio de la psique humana. En este estudio toma su propia experiencia como niño enfermizo y con un gran número de problemas físicos como ejemplo y argumento de la formación de las neurosis. En su estudio sobre la inferioridad de los órganos (1917) llega a la consideración de que existe una compensación por el sistema nervioso central de la inferioridad de los órganos, entendida esta como características orgánicas que nos hacen menos adecuados que los demás, si las padeciéramos.
Algo después argumenta que esta compensación es más bien mental que física, llegando a lo que luego denominaría específicamente el sentimiento general de inferioridad. El sentimiento de inferioridad sería una consecuencia de una atmósfera de inseguridad en la infancia sumada a la presión de una constitución inferior o débil. El desarraigo en la infancia, las burlas, las comparaciones, el sufrimiento y los rechazos provocarían la formación del mencionado sentimiento de inferioridad, y estaría generalizado en todos los individuos, en tanto que todos atravesamos por estas circunstancias en algún momento de nuestra vida. Los individuos aprenderían que son menos valiosos que los demás, producto de la comparación con los otros, sea esta consciente o inconsciente, y sufrirían por ello. La lucha por la superioridad estaría condicionada por dicha debilidad, lo que mantendría a las personas en una lucha constante por encontrar una situación en la que pudieran sobresalir y ser reconocidos.
Si este sentimiento de inferioridad fuese «anómalo», se le llamaría complejo de inferioridad, puesto que lo relevante del sentimiento de inferioridad radica en su grado y expresión. Para Adler, el pasado representaría siempre una situación de inferioridad o de deficiencia y el futuro un intento de superación de dicho estado, proponiendo por esto un complementario al complejo de inferioridad denominado complejo de superioridad. Para Adler, este sería la expresión de un fin teleológico de superación de la inferioridad a la que todos estamos sometidos (Adler, 1927). Adler, aunque no llega a definir la autoestima como tal ni a trabajar dicho concepto, construye toda una teoría en la que el valor del individuo es la piedra angular de su funcionamiento individual en sociedad. La relación entre la valoración de uno mismo y la imagen de lo que uno aspira a ser también aparece en Freud, aunque formulada desde el psicoanálisis.
Freud, en On Narcisism (1914/2013), desarrolla análogamente a James la idea dialéctica de un «yo real» frente a un «yo ideal». Argumenta que el narcisismo del sujeto se debe a la incapacidad de renunciar a la «perfección narcisista de su infancia», buscando mediante el ideal del yo su restitución. Para Freud, el yo se compara con ese ideal: cuando no está a la altura, el sentimiento de sí mismo (Selbstgefühl) disminuye; cuando lo cumple, se eleva.
Mead (1934/2012) amplió la idea de Cooley: el self no solo se forma en la interacción social, sino que además puede convertirse en objeto para sí mismo. Esa capacidad reflexiva –mirarse desde fuera, como lo haría otro– es la base de la autoconciencia y, por tanto, de lo que hoy llamamos autoestima. Esta capacidad de verse a uno mismo desde la perspectiva de otro permite trasladar el problema del valor personal al terreno de la inseguridad y la inferioridad.
Karen Horney (1937/2007) expone que los sentimientos de inferioridad son un rasgo neurótico que se compensa con la necesidad de engrandecimiento. El sentimiento de estar solo y desamparado en un mundo hostil es la «ansiedad básica»: el suelo nutritivo del que puede desarrollarse una neurosis. Los sentimientos de inferioridad tendrían como función calmar la ansiedad competitiva. Estas formulaciones sobre la inseguridad y la inferioridad encontrarían poco después una vía distinta en la psicología humanista.
Abraham Maslow, creador de la «psicología humanista» y alumno de Adler, en 1943 prosigue con las enseñanzas de su mentor y comienza a teorizar sobre la personalidad de las personas psicológicamente sanas. Maslow estaba interesado en descubrir cuál era el potencial humano, puesto que no consideraba que las personas fuéramos simplemente un tipo más de animal para los cuales cubrir las necesidades de supervivencia fuera lo único necesario. Contrariamente, las personas tendrían su propia naturaleza interior y una gran motivación a expresarla, requiriendo para ello la cobertura de otras necesidades más complejas como la de ser aceptado, tener éxito y un mayor estatus, a través de las cuales se alcanzaría la autorrealización.
Maslow, entonces, de forma similar a Adler, le daba un papel central al valor que cada persona ostentaba como pilar fundamental de su bienestar psicológico. Mientras que para Adler el fin último era el de superación de la inferioridad, para Maslow el fin último es la autorrealización, solo alcanzable mediante el paso por una jerarquía en la cual, en los puestos más altos, figuran el ser querido y tener éxito como necesidades singularmente humanas (Maslow, 1983). La importancia concedida al valor personal también aparece en Erich Fromm, otro de los conocidos autores de la época.
Fromm (1947/2013) desarrolla su tesis partiendo de la confusión entre egoísmo y amor a uno mismo. Señala la contradicción existente entre cultura y práctica social: la primera castiga el egoísmo y premia el amor a otros pero en la práctica social el egoísmo es la fuerza más poderosa y legítima. El punto central es que el egoísta no se ama demasiado sino demasiado poco: de hecho, se odia. La falta de cariño y cuidado hacia sí mismo lo deja vacío; su preocupación por sí mismo sería, en realidad, el intento de compensar el fracaso de cuidarse. Pone el ejemplo de una madre abnegada que «solo vive para otros»: tras la fachada de abnegación se escondería una hostilidad intensa contra la vida.
Fromm hace, además, una interesante crítica hacia la mercantilización de la autoestima: critica que el hombre se experimente a sí mismo y mida su valor a través de condiciones fuera de su control, deteriorando la idea de «virtud», como sucede cuando el interés se torna hacia las ganancias materiales, el poder y el éxito.
Erik Erikson (1950/2000) centra su idea sobre la autoestima entorno al cuestionamiento de que sea un rasgo fijo. Por el contrario, expone que ésta sería la consecuencia de acumular confianza al lograr resolver las crisis psicosociales del ciclo vital. Pone el ejemplo de que el niño que no se siente competente ante sus iguales y sus herramientas queda atrapado en un sentimiento de inferioridad juzgándose como «mediocre» o «inadecuado». Esta idea será elaborada por los cognitivos posteriores, especialmente Bandura (1977), bajo el concepto de «autoeficacia». La idea de que la valoración de uno mismo depende de la experiencia y del desarrollo tendría también una formulación explícita en la psicología humanista.
En 1951, Carl Rogers, máximo exponente de la psicología humanista, propondría una nueva teoría terapéutica denominada Psicoterapia Centrada en el Cliente, que estaría fundamentada en la aceptación incondicional y positiva del cliente, la empatía y la autenticidad. Rogers define específicamente la autoestima como «un conjunto organizado y cambiante de percepciones que se refieren al sujeto, lo que el sujeto reconoce como descriptivo de sí y que él percibe como datos de identidad» (1967, p. 34). Para Rogers, y de manera similar a Maslow y Adler, existe una tendencia innata a la actualización, al desarrollo progresivo y la superación, tendencia que se habría de aprovechar para facilitar la capacidad de crecimiento (Vásquez, 2010). Paralelamente, en el fundamento de los problemas psicológicos estaría el hecho de que las personas que los padecen se desprecian y se consideran seres sin valor, inmerecedores del amor de los demás, aunque estas impresiones hacia uno mismo sean susceptibles de ser cambiadas (Rogers, 1951).
Harry Stack Sullivan (1962), psicoanalista, desarrolla la idea del autosistema (self-system) como una forma de explicar la psicosis basándose en las interacciones sociales o las relaciones con los demás y rehuyendo de las explicaciones biologicistas propias de la época, al igual que hiciera Adler antes que él. El autosistema es una configuración de rasgos de la personalidad desarrollados en la infancia para evitar la ansiedad y las amenazas a la autoestima. Es un sistema guía respecto a relaciones yo-tú, llamadas por Sullivan «integraciones paratáxicas». La manera en que esas relaciones se construyen puede tornarse rígida y determinar los patrones de pensamiento del adulto, limitando así cómo responde a su alrededor, cómo se ve a sí mismo y sus propias acciones. Las consecuentes inadecuaciones de juicio se llaman «distorsiones paratáxicas», algo similar a las distorsiones cognitivas que, unos años después, expondrían Aaron y Judith Beck. A partir de mediados del siglo XX, estas ideas comenzaron a traducirse cada vez más en definiciones explícitas de autoestima y en instrumentos para medirla.
Posteriormente, Rosenberg (1965a) definió la autoestima como «la actitud positiva o negativa hacia un objeto en particular: el sí mismo» (p. 39). Si bien es una definición más general, a partir de ella elaboró uno de los instrumentos más empleados en la actualidad para la evaluación del constructo autoestima global (Rosenberg, 1965b). La definición de Rosenberg coincide con el inicio de una tradición cada vez más empírica, centrada no solo en delimitar el concepto, sino también en estudiar sus antecedentes y consecuencias.
Continuando con el inicio de la tradición empírica, Stanley Coopersmith (1967) lleva a cabo uno de los primeros estudios sistemáticos sobre sus antecedentes. Estudió a ochenta y cinco chicos preadolescentes –entre diez y doce años– y encontró tres condiciones parentales clave asociadas a la «alta autoestima»: 1) La aceptación – padres cálidos, afectuosos e interesados en los hijos; 2) Límites claros – normas firmes pero razonables con exigencia de responsabilidad y 3) Respeto a la iniciativa – prácticas democráticas y autonomía dentro de los límites. Otros factores como la clase social o la alimentación no mostraron relación significativa.
Nathaniel Branden, en su texto canónico The Psychology of Self-Esteem de 1969, popularizó el término que acuñó James y lo transformó en un fenómeno de interés masivo, llevando la autoestima al gran público y dotándola del estatus de necesidad psicológica básica.
Branden la sitúa en el centro del bienestar y la salud mental y la comprende como la suma integrada de la autoconfianza –la convicción de que uno es competente para vivir– y el autorrespeto –la convicción de que uno es merecedor de vivir–. La popularización del concepto convivió con el desarrollo de investigaciones que trataban de relacionar la autoestima con distintos resultados observables.
Burns, en 1982, pone de manifiesto que, en un contexto académico, los estudiantes que menos rendimiento tienen en clase es más probable que tengan a su vez una baja autoestima. Burns considera que, mientras que el éxito académico hace aumentar la autoestima o la mantiene, es la autoestima la que influye en el desempeño a través de ciertas expectativas, estándares o motivación.
Bloomfield y Felder elaboran en 1986 una estrategia psicoterapéutica basada en encontrar lo que estos autores denominan el talón de Aquiles, con el objetivo de mejorar, a través de la psicoterapia, las relaciones íntimas, el trabajo y la realización personal. Estos autores toman como términos equivalentes al talón de Aquiles la debilidad, la inseguridad o la vulnerabilidad, siendo estas las que crean constantes problemas en la vida de los individuos. Argumentan que el talón de Aquiles es, en esencia, una parte de nosotros mismos que representa nuestra mayor desventaja y el mayor desafío de nuestra personalidad. De aceptar su existencia, este podría convertirse en una parte esencial de la propia humanidad, pero argumentan que lo común es resistirse a él, constituyendo así un verdadero síndrome clínico.
Poco después, Robson, en 1989, define la autoestima como «un sentimiento de satisfacción y autoaceptación que resulta de la evaluación de un individuo de su propio valor, atractivo, competencia y habilidad para satisfacer sus aspiraciones» (p. 3). En ese mismo año, Skager y Kerst definen la autoestima como «la experiencia del propio valor personal» (1989, p. 249). Mientras estas definiciones precisaban el constructo, el concepto empezaba también a adquirir una evidente dimensión social y política.
El movimiento de la autoestima alcanzó su punto álgido en California, donde en 1986 se creó la Task Force to Promote Self-Esteem and Personal and Social Responsibility, con un presupuesto anual de 245.000 dólares, con la esperanza de que elevar la autoestima redujera la criminalidad, el embarazo adolescente, el abuso de drogas y el fracaso escolar. En su informe final (1990), la definieron como «apreciar el propio valor e importancia y tener el carácter de ser responsable de uno mismo y de actuar responsablemente hacia los demás», vinculándola explícitamente con la responsabilidad social. Sin embargo, el propio informe reconoció que la evidencia científica disponible era mixta o insuficiente para sostener relaciones causales firmes. El auge del movimiento de la autoestima coincidió con un cambio de interés: además de cuánto se valoraba una persona, comenzó a importar cómo esa valoración podía operar fuera de la conciencia.
Greenwald y Banaji (1995) mostraron que no toda la autoestima es accesible a la introspección: frecuentemente la autoestima opera con modos implícitos y puede, por tanto, diferir de lo que la persona dice de sí misma.
Judith Beck, en 1995, continúa esta tendencia presentando la influencia de la autoestima en la conducta bajo el nombre de las creencias centrales negativas, y menciona que algunas de estas creencias centrales específicas serían «no valgo nada» o «nadie me ama» (p. 166), categorizadas en las tipologías de desamparo y de incapacidad para ser amado. Estas creencias se formarían desde la infancia a través de las interacciones con iguales y personas significativas en diferentes situaciones. Beck menciona que lo habitual es que las personas mantengan unas creencias positivas y que las verdaderamente negativas aparecerían en periodos de estrés psicológico.
En ese mismo año, Leary et al. (1995) proponen la teoría del «sociómetro», situando a la autoestima como la «aguja» de un «medidor social» que mide el estado de las relaciones interpersonales del individuo con el objetivo de señalar las amenazas del bienestar, evaluando las relaciones en términos de apreciación relacional. Si el individuo no es apreciado, el «medidor» destaca estas amenazas produciendo un malestar motivador al restablecimiento de la autoestima.
Baumeister, Smart y Boden (1996) revisaron la evidencia y concluyeron que el saber popular de que la baja autoestima es una causa importante de violencia no es la única vía explicativa. Descubrieron que la autoestima alta no siempre es beneficiosa: las personas con autoestima inflada e inestable, cuando se sienten amenazadas, son más propensas a la agresión y la violencia, lo que llamaron «egotismo amenazado».
Crocker y Wolfe (2001) argumentaron que el estudio de la autoestima se ha centrado casi exclusivamente en la cantidad de autoestima rasgo olvidando otros aspectos quizá más importantes como las contingencias en las que se basa. Propusieron que la autoestima depende de dominios específicos: algunas personas basan su valor en el éxito académico, otras en la apariencia, otras en la aprobación social. Cuando la autoestima se basa en uno o varios dominios y estos son amenazados, sufre una caída brusca.
Kristin Neff, en 2003, define el constructo de la autocompasión y elabora una escala para su medición. Propone este término como una alternativa conceptual a la autoestima. Expone que históricamente se ha indicado que un énfasis en la apreciación por uno mismo ha quedado vinculado al narcisismo cuando no a distorsiones en el autoconocimiento, prejuicios contra exo-grupos y violencia y agresión contra aquellos que amenazan al yo. Con la autocompasión, indica, uno puede experimentar emociones positivas hacia uno mismo sin tener que proteger o inflar el autoconcepto. Esto es porque, según la autora, la autocompasión no se basa en el rendimiento o en la congruencia con estándares ideales sino que subvierte el proceso autoevaluativo –positivo o negativo– a favor del reconocimiento de la propia humanidad, la autocomprensión y los sentimientos de cariño por uno mismo. La autocompasión abría así una vía distinta a la autoevaluación; en paralelo, otras corrientes buscaron explicar cómo se construyen patrones estables de valoración de uno mismo.
Young et al. (2003) proponen la terapia de esquemas como ampliación de la teoría cognitivo-conductual de Beck. Esta terapia combina elementos de las escuelas cognitivas, del apego, gestalt, constructivistas y psicoanalíticas, presentando la idea de que las personas adquieren esquemas desadaptativos por necesidades emocionales centrales insatisfechas en la infancia. Estos esquemas desadaptativos son los vínculos seguros, la autonomía y la competencia, la libertad para expresar necesidades y emociones, la espontaneidad, el juego, los límites realistas y el autocontrol. Los problemas psicológicos propios de la adultez estarían derivados por la adquisición de esquemas inadecuados por experiencias traumáticas de rechazo y desarraigo.
Las teorías basadas en el apego explican algunas de las conductas desadaptativas de los niños en función de los denominados modelos internos de relaciones interpersonales. Bowlby (1969) propuso que los niños desarrollan modelos internos de sí mismos y de los demás a partir de sus primeras relaciones de apego. Ainsworth et al. (1978) identificaron patrones de apego seguro, evitativo y ambivalente que se asocian con distintas formas de valorarse a uno mismo. Los modelos internos son representaciones cognitivas de la medida en que se puede confiar en los demás como fuente de apego y afecto (Palacios y Amoros, 2004). Estos autores defienden también que las experiencias tempranas que involucran a otras personas –particularmente los adultos cuando uno es pequeño– tienen mucho peso en la formación posterior de relaciones de confianza. Las repetidas experiencias en las que se trunca la confianza y la ilusión provocarían incapacidad de establecer relaciones estables y duraderas.
Un tiempo después, Albert Ellis, terapeuta cognitivo y creador de la Terapia Racional Emotiva Conductual (TREC), publica El mito de la autoestima en 2005. Este libro se remonta a una idea que tuvo en 1937, y en él expone que las personas nos preocupamos, padecemos ansiedad y depresión, entre otras cosas, porque nos decimos a nosotros mismos que necesitamos que nos amen. Ellis argumenta que, en realidad, no necesitamos el amor, sino que tan solo lo ansiamos; y que, a pesar de quererlo, podemos prescindir de él, puesto que lo único necesario es la aceptación de uno mismo. Esta autoaceptación no debe estar condicionada por cómo nos traten los demás. Al amor se añade el éxito y el sexo: tan solo son cosas que queremos, pero no las necesitamos para ser valiosos. La crítica de Ellis sitúa el problema en la necesidad de aprobación; unos años después, otras definiciones volverían a describir la autoestima de forma más global.
Luis Rojas, en 2007, define la autoestima como el «sentimiento, placentero de afecto o desagradable de repulsa, que acompaña a la valoración global que hacemos de nosotros mismos» (p. 22). Argumenta que esta autovaloración intelectual y afectiva se basa en nuestra percepción, más o menos negativa, de las diversas partes de nuestra persona y de nuestra vida que seleccionamos porque las consideramos relevantes según nuestras prioridades. Esta concepción global sería reformulada más tarde desde planteamientos que ponen el acento en la función de las verbalizaciones y sus consecuencias.
En la actualidad contamos con definiciones analítico-funcionales como la de Froxán-Parga (2020). Este autor define la autoestima como «un conjunto de verbalizaciones con las que uno se describe a sí mismo y que elicitan una serie de emociones que, a su vez, discriminan o pueden discriminar una serie de respuestas operantes de las que se anticipa un reforzador» (p. 190). Las verbalizaciones con las que uno se describe consisten en «relacionar la morfología corporal y la conducta con una serie de adjetivos calificativos condicionados como apetitivos o aversivos» (p. 190). Se hipotetiza, asimismo, que estas verbalizaciones evocarían de forma encubierta conductas de aproximación, señalando así la probabilidad diferencial de la obtención de un reforzador o anticipando consecuencias aversivas. La «alta» frente a la «baja» autoestima sería «la conducta verbal que describe la existencia entre el propio repertorio comportamental y/o la propia morfología corporal y una exposición frecuente a EC/EI» apetitivos o aversivos respectivamente (p. 191).
En esa misma línea, Carrasco (2022) la define como «una conducta verbal que describe la existencia de una relación entre el propio repertorio comportamental –y/o la propia morfología corporal– y la exposición a estímulos condicionados e incondicionados positivos –y la evitación o el escape de estímulos condicionados e incondicionados negativos–». Para Carrasco, «baja autoestima» es una «conducta verbal que describe la existencia de una relación entre el propio repertorio comportamental y/o la propia morfología corporal y una exposición frecuente a estímulos condicionados e incondicionados negativos y/o la privación de exposición a estímulos condicionados e incondicionados positivos». La «descripción verbal» tiene la topografía de auto-atribución de éxitos o fracasos y de auto-atribución de elogios o términos despectivos, que elicitarían emociones apetitivas o aversivas respectivamente.
Ambos autores describen la autoestima de un modo similar al autoconcepto, cuando no idénticamente, si bien se centran en el aspecto funcional o causal del malestar experimentado.
La autoestima y los problemas psicológicos
A pesar de las diferentes concepciones y definiciones, son también muchos los estudios que han relacionado la autoestima con diferentes trastornos y problemas psicológicos. Algunos de estos estudios son, por ejemplo, Rosenberg (1965a), quien lleva a cabo un estudio con más de 5000 adolescentes y relaciona la autoestima con cuadros depresivos y de ansiedad. Ghaderi y Scott, en 2001, reportan que la prevalencia de mujeres diagnosticadas de trastornos de la conducta alimentaria es mayor en aquellos grupos con menor autoconcepto –medido con el Self-Concept Questionnaire–. Baños y Guillén, en 2000, relacionan la autoestima global –medida con la Escala de Autoestima de Rosenberg– con la fobia social en población española adulta. Estas autoras obtienen diferencias significativas en la medida de autoestima en el grupo control y el grupo fóbico, siendo la medida de este último significativamente menor. De igual modo, recomiendan la inclusión en protocolos de evaluación de fobia social de esta prueba, con el objetivo de realizar mejores evaluaciones, pues «la autoestima parece ser menor en fóbicos sociales que en personas no diagnosticadas» (p. 5). Wells y Marwell, en 1976, relacionan la autoestima con el estrés. DeNeve y Cooper, en 1998, la relacionan con el bienestar general subjetivo, argumentando que este está en parte sujeto a algunas características de la personalidad, especialmente a la autoatribución. Del mismo modo, factores focalizados en la mejoría de las relaciones personales y el éxito en contextos de consecución de metas tienen efecto sobre él. Skager y Kerst, en 1989, ponen en relación la baja autoestima con el consumo patológico de alcohol.
En un metaanálisis de los autores Sowislo y Orth, de 2013, se afirma que la baja autoestima es un predictor de la depresión y que es un predictor de la ansiedad del mismo modo que la ansiedad es un predictor de la baja autoestima. Se menciona que, de demostrarse consistentemente este efecto sobre la psicopatología, aquellas intervenciones enfocadas a mejorar la autoestima podrían reducir eficazmente el riesgo de depresión.
Nos gustaría insistir en una idea que nos parece importante: la autoestima no es un simple epifenómeno, es decir, no es solo una consecuencia que aparece cuando ya hay un trastorno. En muchos casos, las condiciones de vida, la forma en que nos trataron y las experiencias de rechazo van construyendo una manera de valorarnos que puede facilitar la aparición de problemas. Después, el trastorno también la deteriora. Por eso hablamos de un círculo que se puede romper.
Los problemas de autoestima, identidad o autoconcepto no están necesariamente circunscritos a un diagnóstico. Están presentes en prácticamente todas las personas, con o sin diagnóstico, aunque se exacerban en el contexto de un trastorno psicológico. En cuadros como el trastorno límite de la personalidad, donde la identidad y la autoestima se tambalean, se han señalado experiencias tempranas de negligencia, abuso, separaciones o relaciones conflictivas (Caballo, 2004). Pero no hace falta tener un diagnóstico para sufrir por cómo nos vemos.
Por eso, más que limitar la autoestima a una etiqueta, preferimos conceptualizarla de forma operativa: qué se dice la persona, qué emociones aparecen, qué hace después, qué evita, qué busca. Eso nos permite hacer un análisis funcional de la conducta y trabajar sobre los elementos que mantienen el problema.
A pesar de haberse dado a entender que la relación con la psicopatología es notable, pensamos que esta es una dilatada área de estudio de la psicología que no debe limitarse ni quedar explicada solo mediante los problemas de autoestima, autoconcepto o identidad, pero que, no obstante, puede ser en gran medida. Para esto, hace falta realizar una correcta conceptualización en términos operacionales de la misma, que se preste a la realización posterior de un análisis funcional de la conducta.
La historia del concepto muestra que la autoestima no ha significado siempre lo mismo. Ha pasado de formularse como una valoración global de uno mismo a estudiarse también en relación con la interacción social, la cognición, el contexto y la función de la conducta verbal. Revisar ese recorrido permite situar mejor las distintas definiciones y entender por qué hoy conviven enfoques diferentes.
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Sobre el uso de IA
Este texto procede en su mayor parte de un trabajo de fin de máster escrito previamente.
La inteligencia artificial se ha utilizado como herramienta auxiliar para completar algunos huecos del recorrido histórico, localizar fragmentos relevantes en las fuentes primarias y para la corrección de erratas y puntuación. Las referencias y los fragmentos utilizados han sido revisados manualmente. La redacción, la estructura y las tesis del texto corresponden al autor.
También se ha aplicado upscale x2 de la imagen de portada.


Menuda calidad de artículo, compañero. Ojalá leer más de este estilo ✨🫶🏻