
El análisis de la conducta a través de la historia
Las distintas aproximaciones al estudio de la conducta han ido evolucionando y respondiendo a los problemas filosóficos y metodológicos de su tiempo. Esta evolución no es meramente cronológica, sino conceptual, reflejando cómo se han abordado las cuestiones fundamentales sobre el objeto de estudio y el método de la psicología científica.
Del mentalismo al conductismo metodológico
A principios del siglo XIX, la psicología estaba dominada por el estudio de los estados de la conciencia, las imágenes y otros procesos mentales. La introspección era el método de investigación principal. Esta filosofía es el mentalismo. A día de hoy esta sigue siendo la filosofía que impera en psicología aunque los métodos de investigación hayan cambiado (Cooper et al., 2020).
Watson es ampliamente reconocido como el portavoz de una nueva perspectiva en el campo de la psicología. Watson argumentó que el objeto propio de la psicología no eran los estados de la mente o los procesos mentales, sino la conducta. Además, Watson argumentó que el estudio objetivo de la conducta como una ciencia natural debería consistir en la observación directa de las relaciones entre los estímulos ambientales (E) y las respuestas que evocan (R). El enfoque cambió hacia la conducta observable de animales y humanos y enfatizó la interacción entre el organismo y el ambiente: el conductismo metodológico (Watson, 1913).
La psicología cognitiva acepta el conductismo metodológico como forma de recopilar datos pero busca entender cómo los procesos mentales influyen en la conducta observada, va más allá al inferir y estudiar los procesos mentales que subyacen a esa conducta (Cooper et al., 2020).
El conductismo radical de Skinner: una nueva filosofía de la ciencia psicológica
Para comprender en profundidad la propuesta de Skinner, es útil partir de un ejemplo concreto. Imaginemos que queremos entender por qué un estudiante no realiza sus tareas. Un enfoque mentalista buscaría la causa en una entidad interna, como la «falta de motivación» o la «pereza» –de hecho, esto es algo que también se usa como explicación en psicología popular–. El conductismo radical, en cambio, en su enfoque materialista y monista, desplaza la pregunta: ¿qué consecuencias ambientales está produciendo la conducta de «no hacer las tareas»? Quizá esta conducta permite al estudiante evitar el esfuerzo inmediato –reforzamiento negativo–, o acceder a actividades más gratificantes. Este cambio de perspectiva, que rechaza las explicaciones basadas en constructos internos y se centra en la función de la conducta en interacción con el ambiente, es la esencia de la filosofía skinneriana.
Skinner llevó el conductismo más allá al desarrollar no sólo una metodología experimental, sino toda una filosofía de la ciencia de la conducta. La contribución filosófica fundamental de Skinner fue su tratamiento de los eventos privados (pensamientos, emociones). Contrariamente al conductismo metodológico que los excluía del análisis científico, y al mentalismo que los convertía en causas explicativas, Skinner propuso tres supuestos fundamentales (Cooper et al., 2020):
Los eventos privados son conductas,
Se diferencian de la conducta pública solo por su inaccesibilidad,
Están influenciados por las mismas variables ambientales que la conducta observable.
Esta posición permitió al conductismo radical comprender toda la conducta humana, no solo la públicamente observable, sin recurrir a constructos hipotéticos mentalistas. Los constructos hipotéticos y las ficciones explicativas son el repertorio del mentalismo, que ha dominado el pensamiento intelectual occidental y las teorías psicológicas (Descartes, Freud, Piaget…), y continúa haciéndolo en el siglo XXI (Cooper et al., 2020). Los constructos hipotéticos son los términos teóricos que hacen referencia a una entidad o proceso que puede existir pero que hasta el momento es inobservable (Moore, 1995, pág. 36). No pueden ser observados ni manipulados experimentalmente (MacCorquodale y Meehl, 1948; Zuriff, 1985). La fuerza de voluntad, la predisposición, la predisposición innata, los mecanismos de adquisición del lenguaje, los de almacenamiento y recuperación de la memoria y los de procesamiento de la información son todos ejemplos de constructos hipotéticos inferidos a partir de la conducta. Aunque Skinner (1953, 1974) indicó claramente que es un error excluir aquellos eventos que puedan influir en nuestra conducta porque no sean accesibles a otros, creía que el hecho de utilizar ficciones mentalistas no observables para explicar las causas de la conducta no contribuiría en nada a una explicación funcional de la misma.
Algunos creen que el conductismo rechaza todos los eventos que no pueden ser definidos operacionalmente mediante evaluación objetiva. También se ha pensado que Skinner había rechazado todos los datos de su sistema que no pudiesen ser verificados de manera independiente por otras personas (Moore, 1984), pero estos puntos de vista sobre el conductismo son bastante limitados; en realidad, hay muchos tipos de conductismo como son el estructuralismo, el conductismo metodológico y las formas de conductismo que utilizan las cogniciones como factores causales, además del conductismo radical de Skinner (Cooper et al., 2020).
Son los estructuralistas y los conductistas metodológicos los que rechazan todos los eventos que no puedan ser definidos operacionalmente a través de una evaluación objetiva (Skinner, 1974). Los estructuralistas evitan el mentalismo, restringiendo sus actividades a las descripciones de la conducta –no realizan manipulaciones científicas para buscar relaciones funcionales entre eventos–. Los conductistas metodológicos difieren de los estructuralistas porque sí utilizan manipulaciones científicas para buscar relaciones funcionales entre eventos. Al no sentirse a gusto con una ciencia basada en fenómenos inobservables, algunos conductistas iniciales bien negaban la existencia de las «variables internas», o bien consideraban que estaban fuera de la esfera de una consideración científica. Esa orientación es la que se conoce como conductismo metodológico (Cooper et al., 2020).
Los conductistas metodológicos normalmente también reconocen la existencia de eventos mentales, pero no los tienen en cuenta en el análisis de la conducta (Skinner, 1974). Esto restringe obviamente el conocimiento básico sobre la conducta humana, y desalienta la innovación en la ciencia de la conducta.
Contrariamente a la opinión popular, Skinner no ponía objeciones al interés de la psicología cognitiva por los eventos privados (Moore, 2000). De hecho, fue el primer conductista en considerar los pensamientos y las emociones como conductas a analizar con las mismas herramientas conceptuales y experimentales que se utilizan para cualquier conducta observable públicamente, y no como fenómenos o variables que existen en nuestro interior y que operan a través de los principios de un mundo mental separado de todo lo demás.
El conductismo radical se distingue así tanto del mentalismo como del conductismo metodológico, constituyendo una filosofía de la ciencia que permite un análisis integral de la conducta (Cooper et al., 2020).
Críticas y malentendidos frecuentes sobre el conductismo radical
A pesar de su solidez filosófica, el conductismo radical ha sido objeto de numerosas críticas que, en gran medida, emanan de una comprensión incompleta o errónea de sus postulados. Lejos de ser objeciones válidas, suelen ser malentendidos que se disipan al analizar la propuesta skinneriana en su totalidad.
«Es un sistema reduccionista y mecanicista que ignora la complejidad humana». Este es quizás el malentendido más extendido. El conductismo radical no reduce al ser humano a un autómata; por el contrario, reconoce la enorme complejidad de la conducta, que es producto de una historia única y particular de interacciones con el ambiente –la historia de reforzamiento–. La dificultad de predicción no invalida el determinismo, sino que refleja la complejidad de las variables en juego (Cooper et al., 2020). Desde una perspectiva funcional, además, la conducta no se explica atendiendo únicamente a su forma, sino al contexto en el que se produce y a las consecuencias con las que se relaciona. Como señalan Ramnerö y Törneke, «desde el punto de vista funcional, un comportamiento solo puede entenderse en el contexto en el que se produce» (2024, cap. 1). La descripción de la conducta mediante una contingencia de tres términos, por tanto, no pretende reducir la conducta humana a una secuencia mecánica simple, sino identificar las relaciones funcionales relevantes.
«Niega los pensamientos y las emociones». Como se ha explicado, Skinner no negaba los eventos privados –pensar, sentir–, sino que los incluía en su análisis como conducta. Lo que rechazaba era utilizarlos como explicaciones causales últimas, lo que constituiría una falacia explicativa. La causa de la conducta, tanto pública como privada, debe buscarse en las relaciones funcionales y en las contingencias ambientales que participan en ella (Cooper et al., 2020). Ramnerö y Törneke señalan explícitamente que los fenómenos privados como «preocuparse», «pensar», «experimentar» o «conocer» pueden entenderse como algo que hacen los individuos y, por tanto, como comportamiento interno (2024, cap. 2). El problema aparece cuando aquello que se pretende explicar mediante el análisis conductual se convierte a su vez en la explicación. En palabras de los autores, «Damos un nombre a una serie de comportamientos y confundimos el nombre como la causa» (Ramnerö y Törneke, 2024, cap. 2). Freixa i Baqué desarrolla una crítica semejante al señalar que determinados conceptos psicológicos pueden pasar de ser descripciones abreviadas de una conducta a convertirse, mediante su reificación, en supuestas causas internas de esa misma conducta (2022, pp. 233–234).
«Defiende un determinismo que anula la libertad y la responsabilidad». Esta crítica confunde el determinismo científico con la fatalidad. El determinismo plantea que la conducta tiene causas identificables, lo que, lejos de impedir el cambio, constituye el fundamento de una tecnología de la conducta. Desde este marco, la responsabilidad no se entiende necesariamente como un libre albedrío metafísico, sino en relación con las consecuencias sociales que modifican la conducta futura (Cooper et al., 2020). La cuestión del libre albedrío plantea, por tanto, un problema filosófico que excede la simple predicción de la conducta. Freixa i Baqué señala que «el principio del libre albedrío [...] se opone frontalmente al postulado determinista de toda ciencia» (2022, p. 251). Esto no significa que el análisis de la conducta niegue la capacidad de las personas para actuar, deliberar, cambiar o influir sobre su propio comportamiento, sino que rechaza que estas capacidades tengan que explicarse mediante una causa mental independiente de las condiciones en las que la conducta se desarrolla.
«El conductismo es una psicología de la caja negra que solo estudia estímulos y respuestas». Esta crítica confunde el conductismo radical con determinadas versiones del conductismo metodológico y reduce el análisis de la conducta al esquema E-R (Cooper et al., 2020). Freixa i Baqué señala que «la leyenda de la caja negra» ha acompañado al conductismo hasta la actualidad, pese a que la posición de Skinner se distancia precisamente de esa concepción al introducir las contingencias y considerar también los acontecimientos privados como conducta (2022).
«La conducta es únicamente el movimiento observable del organismo». El conductismo radical no identifica la conducta con el movimiento muscular públicamente observable. Una concepción de este tipo dejaría fuera precisamente fenómenos como pensar o hablar de manera encubierta que pueden ser analizados desde una perspectiva conductual. Freixa i Baqué considera que esta definición constituye un error categorial y distingue entre la conducta y su mera manifestación pública (2022). En consecuencia, que una conducta sea privada no la convierte en un fenómeno de naturaleza diferente.
«El conductismo ha quedado superado por la psicología cognitiva y por las terapias posteriores». La antigüedad de una teoría no constituye por sí misma un argumento contra su validez científica. Freixa i Baqué identifica como una falacia el uso del argumento cronológico para presentar el conductismo como una concepción obsoleta y recuerda que determinadas propuestas contemporáneas, incluidas las llamadas terapias de tercera generación, recuperan conceptos centrales del conductismo radical y del análisis operante (2022). La incorporación de nuevos conceptos o procedimientos no implica necesariamente una ruptura con los principios conductuales.
«El conductismo reduce la explicación psicológica a la fisiología». El análisis conductual no necesita negar la relevancia de otros niveles de análisis para estudiar la conducta en su propio nivel. Freixa i Baqué defiende una perspectiva monista e interdisciplinar en la que la fisiología puede aportar información sobre el soporte de determinados procesos sin sustituir por ello el análisis psicológico de las relaciones funcionales (2022). La posibilidad de estudiar diferentes niveles de un mismo fenómeno no obliga a reducir uno de ellos a otro.
«Conceptos como personalidad, motivación, autoestima o diagnóstico explican por sí mismos la conducta». Nombrar una pauta de conducta no equivale a explicar por qué se produce. Ramnerö y Törneke resumen esta distinción con una expresión especialmente clara: «Nombrar no es explicar» (2024). Un diagnóstico puede resultar útil como etiqueta descriptiva y para facilitar la comunicación, pero se convierte en una explicación circular cuando se transforma en la causa del comportamiento que simplemente ha servido para describir. El análisis funcional pretende ir más allá de la etiqueta y examinar las condiciones en las que la conducta aparece y las consecuencias que la mantienen (Ramnerö y Törneke, 2024).
Analizar estas críticas permite distinguir entre la caricatura del conductismo como una teoría mecanicista que ignora la complejidad, niega la vida mental y reduce al individuo a un autómata, y la posición efectiva del conductismo radical, que pretende analizar la conducta pública y privada desde una perspectiva funcional y dentro de una concepción determinista de la ciencia. Lejos de ser limitaciones, los principios del conductismo radical constituyen un sistema coherente y potente para el análisis científico de la conducta en toda su extensión.
Análisis experimental de la conducta (EAB)
En 1938 con la publicación «La conducta de los organismos» de Skinner se inició la rama experimental con el objetivo de investigar sobre los procesos conductuales básicos. Puso de relieve dos tipos de conducta: la respondiente y la operante. También afirmó que el paradigma E-R no podía explicar una gran parte de la conducta, en especial las conductas para las que no había causas antecedentes aparentes en el entorno. La mayor contribución de Skinner fue descubrir cómo las contingencias de reforzamiento influyen en lo que la gente hace y dice: el comportamiento cambia más por los estímulos consecuentes que por los antecedentes, incorporando así la contingencia de tres términos: E-R-E. Esto lo hizo de forma diferente a otros psicólogos que, en la época, propusieron variables mediadoras dentro del organismo bajo la forma de constructos hipotéticos tales como «procesos cognitivos», «motivaciones» y la «libre voluntad» (Cooper et al., 2020).
Skinner llamó a este segundo tipo de conducta operante. Las conductas operantes están influenciadas por los cambios estimulares que han seguido a la conducta en el pasado, y llamó a esta nueva ciencia análisis experimental de la conducta. Mediante estos experimentos, Skinner, sus colegas y estudiantes identificaron y verificaron los principios básicos de la conducta operante, que son descripciones generales de las relaciones funcionales entre la conducta y los eventos ambientales que continúan aportando las bases empíricas del análisis de conducta hoy en día (Cooper et al., 2020).
Análisis aplicado de la conducta (ABA)
El análisis aplicado de la conducta es la ciencia en la que las estrategias derivadas de los principios de la conducta se aplican de manera sistemática para mejorar la conducta socialmente relevante y en la que se utiliza la experimentación para identificar las variables responsables del cambio de conducta (Cooper et al., 2020).
Fuller (1949) fue el primero en informar sobre la aplicación en humanos de los principios de la conducta operante. Durante un experimento, ayudó a un chico de 18 años con un «trastorno profundo del desarrollo», descrito en la época como «idiota vegetativo». Antes del procedimiento, permanecía acostado de espaldas sin poder darse la vuelta y sus médicos pensaban que era imposible que aprendiera nada. En cuatro sesiones de condicionamiento operante se reforzó mover el brazo derecho a una tasa de tres veces por minuto, algo muy considerable dado el caso. En el número inaugural de Journal of Applied Behavior Analysis, Baer, Wolf y Risley (1968) definen sus dimensiones más importantes (aplicado, conductual, analítico, tecnológico, conceptualmente sistemático, eficaz/efectivo y general).
La evolución de la terapia de conducta en los años 50 y 60, como se describe en Rodríguez-Riesco et al. (2022), refleja una transición desde un enfoque principalmente conductual, centrado en la modificación directa del comportamiento mediante técnicas como el reforzamiento y el castigo, hacia enfoques más complejos que incorporan dimensiones cognitivas y contextuales.
El surgimiento de la terapia de conducta en los años 50 representó una revolución en la psicoterapia, marcando un desplazamiento del enfoque psicoanalítico hacia métodos más empíricos y observables basados en el conductismo. Durante los años 60, el campo de la psicoterapia experimentó otro cambio significativo con la emergencia de la terapia cognitivo-conductual (TCC). Esta evolución fue motivada por una creciente insatisfacción con las limitaciones percibidas de la terapia de conducta, especialmente su enfoque en los aspectos externos del comportamiento sin atender adecuadamente a los procesos internos como pensamientos y emociones. La TCC introdujo un modelo que no solo enfatizaba la modificación del comportamiento, sino también el cambio en los patrones de pensamiento que influyen en la conducta. Aaron T. Beck y Albert Ellis fueron figuras clave en este desarrollo, proponiendo modelos en los que los pensamientos distorsionados y las creencias irracionales juegan un rol central en la psicopatología.
A medida que la TCC ganaba prominencia y se consolidaba como un enfoque eficaz para una variedad de trastornos, surgieron nuevas formas de terapia en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI, conocidas colectivamente como terapias de tercera generación o terapias contextuales. Estas incluyen la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), la Terapia Dialéctica Conductual (DBT) y la Terapia de Activación Conductual (BA), entre otras. Estas terapias, aunque fundamentadas en los principios conductuales y cognitivos, también incorporan elementos de mindfulness y aceptación, enfocándose más en el contexto y la función de los comportamientos y menos en su frecuencia o forma. La filosofía subyacente de estas terapias es que el bienestar se deriva no de la eliminación de síntomas problemáticos sino de la aceptación y el compromiso hacia acciones alineadas con valores personales, incluso en presencia de pensamientos y sentimientos difíciles.
La terapia psicológica en la actualidad
Mientras que el análisis aplicado de la conducta se define como una ciencia aplicada y un enfoque tecnológico, la psicoterapia constituye un campo mucho más amplio y heterogéneo, cuyas distintas orientaciones no comparten necesariamente ese mismo marco científico y tecnológico. La rigurosidad y efectividad del análisis aplicado es mucho mayor que la de la terapia psicológica pero la cantidad de problemas de la que se ocupa y la población en la que se abordan –generalmente niños con problemas de conducta– es mucho menor.
En este sentido, el análisis aplicado de la conducta se caracteriza por una metodología específica orientada a identificar relaciones funcionales y a producir cambios conductuales, mientras que las distintas formas de psicoterapia pueden diferir considerablemente en sus fundamentos teóricos y en los mecanismos de cambio que proponen.
Es crucial distinguir entre el Análisis Aplicado de la Conducta (ABA) y otras formas de terapia psicológica. Mientras que el ABA es una ciencia que se deriva directamente de los principios filosóficos del conductismo radical y de las leyes establecidas por el análisis experimental y se caracteriza por una metodología estricta para identificar relaciones funcionales, gran parte de la psicoterapia contemporánea se basa en un eclecticismo técnico que, con frecuencia, carece de una base filosófica unificada. Esto no significa que todas las demás terapias sean ineficaces, sino que sus marcos de referencia y sus mecanismos de cambio declarados pueden alejarse del análisis funcional y riguroso de la conducta, recurriendo, en distintos grados, a categorías diagnósticas, constructos hipotéticos o supuestos metateóricos y metafísicos (Kanfer y Saslow, 1965; Hayes y Brownstein, 1986; Leslie, 2021). La limitación del contexto psicoterapéutico tradicional para realizar análisis funcionales experimentales no invalida su valor social, pero sí subraya la necesidad de actuar de la forma más científicamente informada posible.
El escaso rigor de la psicoterapia contrasta con los estándares de calidad propuestos por Baer, Wolf y Risley (1968) para el análisis aplicado de la conducta:
Aplicado (focalizado en lo socialmente relevante),
Conductual (centrado en conductas específicas, medibles, no en las descripciones verbales de esa conducta),
Analítico (demostración de la relación funcional),
Tecnológico (con procedimientos operativos detallados),
Conceptualmente sistemático (basado en principios del aprendizaje),
Eficaz (saber cuánto cambiar para que sea socialmente relevante),
General (con cambios generalizables y permanentes en el tiempo),
Responsable,
Público,
Inspirador y
Optimista.
Referencias
Baer, D. M., Wolf, M. M., & Risley, T. R. (1968). Some current dimensions of applied behavior analysis. Journal of Applied Behavior Analysis, 1(1), 91–97. https://doi.org/10.1901/jaba.1968.1-91
Cooper, J. O., Heron, T. E., & Heward, W. L. (2020). Applied behavior analysis (3rd ed.). Pearson.
Freixa i Baqué, E. (2022). ¿Cómo puede uno ser conductista radical hoy en día? Algunos malentendidos acerca del conductismo. Ediciones Psara.
Fuller, P. R. (1949). Operant conditioning of a vegetative human organism. The American Journal of Psychology, 62(4), 587–590. https://doi.org/10.2307/1418565
Hayes, S. C., & Brownstein, A. J. (1986). Mentalism, behavior-behavior relations, and a behavior-analytic view of the purposes of science. The Behavior Analyst, 9(2), 175–190. https://doi.org/10.1007/BF03391944
Kanfer, F. H., & Saslow, G. (1965). Behavioral analysis: An alternative to diagnostic classification. Archives of General Psychiatry, 12(6), 529–538. https://doi.org/10.1001/archpsyc.1965.01720360001001
Leslie, J. C. (2021). The relevance of metaphysics to behavior analysis. Perspectives on Behavior Science, 44(1), 29–40. https://doi.org/10.1007/s40614-020-00277-5
MacCorquodale, K., & Meehl, P. E. (1948). On a distinction between hypothetical constructs and intervening variables. Psychological Review, 55(2), 95–107. https://doi.org/10.1037/h0056029
Moore, J. (1984). On behaviorism, knowledge, and causal explanation. The Psychological Record, 34(1), 73–97. https://doi.org/10.1007/BF03394854
Moore, J. (1995). Radical behaviorism and the subjective-objective distinction. The Behavior Analyst, 18(1), 33–49. https://doi.org/10.1007/BF03392690
Moore, J. (2000). Thinking about thinking and feeling about feeling. The Behavior Analyst, 23(1), 45–56. https://doi.org/10.1007/BF03391998
Ramnerö, J., & Törneke, N. (2024). El ABC del comportamiento: Una introducción al conductismo en psicoterapia. Ediciones Psara.
Rodríguez-Riesco, L., Vivas, S., Mateos-Herrera, A., Pérez-Calvo, C., & Ruiz-Duet, A. M. (2022). Terapia de conducta: raíces, evolución y reflexión sobre la vigencia del conductismo en el contexto clínico. Papeles del Psicólogo, 43(3), 209–217. https://doi.org/10.23923/pap.psicol.2994
Skinner, B. F. (1938). The behavior of organisms: An experimental analysis. Appleton-Century.
Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.
Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. Knopf.
Watson, J. B. (1913). Psychology as the behaviorist views it. Psychological Review, 20(2), 158–177. https://doi.org/10.1037/h0074428
Zuriff, G.E. (1985). Behaviorism: A conceptual reconstruction. Columbia University Press.
Nota sobre la elaboración y el uso de la IA
Este texto parte de unos apuntes de estudio elaborados principalmente a partir de Applied Behavior Analysis (Cooper, Heron y Heward).
Algunos contenidos se presentan mediante paráfrasis y otros reproducen uno a uno formulaciones de las fuentes originales, que se identifican mediante las correspondientes citas y referencias bibliográficas.
Se ha utilizado la IA para facilitar la revisión, reorganización y adaptación de estos apuntes al formato de la publicación.
