Imagina que llega a tu consulta alguien que tiene dificultades para identificar y describir lo que siente. Está hablando contigo sobre una situación en la que experimentó un malestar considerable. Para describirla, usa palabras como «me puse muy mal», «me sentí como una mierda», «lo llevo fatal» o «ni sé lo que sentí».
Tú –muy razonablemente– le pides que aclare a qué se refiere con eso de «ponerse muy mal». La pregunta le pilla por sorpresa porque para él es obvio, pero no es capaz de responder con mayor claridad. Le aclaras que lo que quieres decir es qué emoción sentía en ese momento.
Ya te lo imaginas, pero preguntas porque has detectado una dificultad: no es capaz de poner nombre a lo que siente. No es que no lo sienta, es que es una amalgama de cosas tan confusa que solo le sale emplear, para su denominación, grandes categorías como «bien» o «mal». Esto es un problema y es bastante común.
Es muy complicado llevar bien las emociones, especialmente en momentos en los que desbordan, si no se entienden ni se pueden denominar.
Kashdan et al. (2015) centralizan la cuestión en que no es tan importante la cantidad de malestar que experimentas sino si puedes distinguir qué malestar sientes: ira, asco, tristeza, miedo, vergüenza, culpa, etc. Esto es lo que llaman diferenciación emocional negativa o granularidad emocional. Su tesis no es que por sí misma la granularidad te proteja, sino que te da más opciones para reducirlo.
En otro estudio, Kashdan et al. (2014) comprobaron que las personas con alta diferenciación emocional negativa no mostraban la mayor activación en la ínsula anterior y la corteza cingulada anterior dorsal que sí aparecía en aquellas con baja autoestima y baja diferenciación emocional. Es decir, la capacidad de distinguir y etiquetar las emociones negativas parecía amortiguar la respuesta neural al rechazo social, incluso en personas con baja autoestima. Como si «el cerebro doliera menos».
Además, si sabemos qué estamos sintiendo podemos conocer mejor qué es lo que hay mal en nuestro contexto, porque las emociones siempre guardan una relación con el mismo. ¿Pero qué son las emociones? ¿Por qué mencionamos el contexto si se supone que las emociones son algo que siente una persona? Te explicamos.
Qué demonios es una emoción
Vamos a empezar contando lo que no son. No son entidades internas que causan nuestra conducta sino constructos o modelos de comportamiento que nos permiten describir y predecir la predisposición de un organismo a actuar de una forma determinada en función de las circunstancias ambientales y su historia previa (Pérez-Fernández et al., 2017, p. 189).
En realidad, «emoción» como término tiene un significado poco preciso: las emociones son categorías de fenómenos conductuales que unifican observaciones. Es decir, que cuando nos referimos a una de ellas, observamos tres cosas que suelen covariar –que suelen ir juntas–. Son las siguientes:
Conducta motora y expresiva: Expresiones faciales y acciones como huir, luchar, etc. De estas, las expresiones faciales tienen un alto componente social aprendido y pueden fingirse, y es en lo que nos solemos fijar para entender qué está sintiendo alguien.
Actividad fisiológica: Cambios como la sudoración o el ritmo cardíaco. No son suficientes por sí mismos para definir una emoción ya que pueden darse en contextos no emocionales (p. ej., cuando hacemos ejercicio físico o perseguimos el autobús) o ser respuestas comunes a emociones muy distintas (p. ej., miedo y alegría comparten vías fisiológicas de activación).
Comunicación verbal: La forma más precisa de expresar el estado emocional. Se analiza a través de las palabras que sirven para describir dichos estados, a menudo de forma metafórica y siempre según lo aprendido. En psicología, la conducta verbal de este tipo se denomina «tacto verbal», pero explicaremos lo que son los tactos en profundidad en una futura entrega sobre conducta verbal.
Estos tres elementos son, en su conjunto, lo que compone una emoción stricto sensu. Pero las respuestas fisiológicas son iniciadas por algo, generalmente algo en el contexto de la persona: una mala noticia –o buena–, un ruido fuerte, dolor, palabras hirientes –o lisonjeras–, un sabor agradable, etc. La emoción siempre se inicia tras un evento contextual que tiene un significado psicológico. Ese significado psicológico suele considerarse la respuesta global del organismo ante el evento, es decir, los tres elementos anteriormente listados.
Existen varias formas de vislumbrar este «modelo emocional» y su secuencia de eventos, desde las fórmulas clásicas de Darwin (1872) y James (1890):

Hasta una más actual y compleja, el modelo de procesos componentes de Scherer (2009):
Este modelo describe la emoción como un proceso dinámico y recursivo que comienza con un evento –interno o externo–. Este evento es sometido a una evaluación multinivel (appraisal) que ocurre muy rápidamente –en milisegundos– y a distintos niveles. Estas evaluaciones determinan si el evento es relevante, qué implica para la persona y qué recursos tiene para enfrentarlo.
Como resultado de esta evaluación, se activan y sincronizan distintos componentes: la tendencia motivacional a la acción –acercarse o evitar–, los patrones de respuesta fisiológica –autonómica, neuroendocrina, somática– y la expresión motora –facial, vocal, postural–. Todos estos elementos convergen en una representación central, en la que se integran como en un «mapa» del episodio.
Esta representación central da lugar a la categorización y etiquetado verbal de la emoción –por ejemplo, «miedo», «ira», «alegría»–. Sin embargo, el proceso no termina ahí: el etiquetado y la representación central retroalimentan la evaluación inicial y los propios componentes, generando un bucle continuo de reevaluación y ajuste.
Esto significa que el etiquetado puede modificar la evaluación inicial –es decir, darse cuenta de (verbalizar) que uno tiene miedo puede aumentar la evaluación de amenaza–. También, que la representación puede reajustar la tendencia a la acción y que los patrones fisiológicos y la expresión motora pueden influir en la evaluación...
Cómo los eventos antecedentes desencadenan la emoción
Los eventos antecedentes a la emoción tienen la capacidad de desencadenarla porque son estímulos físicos perceptibles. En psicología, estos eventos que causan una respuesta fisiológica se llaman condicionados e incondicionados en función de si son aprendidos o no, respectivamente. Los condicionados requieren una historia previa de aprendizaje para responder a ellos, como cuando vemos un 4,5 de nota de un examen y sentimos ansiedad justo después. Los incondicionados son estímulos a los que respondemos como parte de nuestro repertorio de la especie Homo sapiens. Por ejemplo, un sabor cítrico o amargo que nos hace salivar y poner mala cara sin que nos demos cuenta, o el mordisco de un perro.
Ambos tipos de estímulos se relacionan estrechamente porque los condicionados, antes de ser condicionados, no tenían la capacidad de elicitar las respuestas en cuestión; se requiere un estímulo incondicionado en la base para que uno neutro se condicione posteriormente al ir temporalmente cerca.
Pero no todos los estímulos incondicionados son iguales. Podemos clasificarlos en dos grandes tipos según el efecto que tienen sobre nosotros: apetitivos y aversivos. Un estímulo incondicionado (EI) apetitivo es aquel que, de forma innata, resulta agradable o beneficioso (el sabor dulce, el contacto afectivo, la comida cuando tenemos hambre). Un EI aversivo es aquel que, de forma innata, resulta desagradable o dañino (el mordisco de un perro, un ruido muy fuerte, el dolor físico).
Esta distinción se relaciona con una forma más general de describir la experiencia afectiva: la valencia, que indica hasta qué punto una experiencia resulta agradable o desagradable. Russell (1980) propuso además otra dimensión, la activación, que permite distinguir entre estados de mayor o menor activación. De este modo, podemos describir un estado afectivo atendiendo, al menos, a dos dimensiones: valencia y activación.
Vamos a continuar el ejemplo anterior del perro para un EI aversivo que provoca una valencia negativa y activación alta:
Un día vas por la calle y un perro se te abalanza, mordiéndote. Vamos a hacer zoom en el mordisco y a ralentizar el tiempo; imagínalo. En un primer momento, antes de que seas «consciente», el perro se lanza y abre sus mandíbulas, cerrándolas cuando alcanza tu pantorrilla. Lo segundo que sucede es que la presión mecánica del mordisco –de entre 200 y 300 PSI– rompe las capas superiores de la dermis, provocando la activación de unas neuronas sensoriales llamadas nociceptores, las que hacen posible la percepción del dolor. El estímulo incondicionado en este evento es el mordisco que activa los nociceptores y la respuesta incondicionada es la experiencia subjetiva de dolor –o respuesta nociceptiva–. Pero esto no es lo único que sucede: los sonidos del ataque como las patas sobre el suelo, gruñidos y ladridos, la calle, la correa y la cara estupefacta de la señora que la sostiene, acompañan al mordisco.
Estos estímulos neutros que acompañan a un estímulo incondicionado pueden condicionarse y pasar a ser predictores de que vas a experimentar dolor, es decir, pasar a ser estímulos condicionados que pueden provocarte emociones aunque no haya ningún perro presente.
Esto es, de manera simplificada, cómo se puede originar una emoción en situaciones novedosas. El lenguaje suele mediar en estos procesos haciendo que no siempre sea necesario experimentar sensaciones desagradables de forma primaria como con el mordisco. Por ejemplo, no tienes que sufrir una agresión para que una discusión acalorada te deje con ira y ansiedad.
El contexto es, por tanto, fundamental para entender lo que sentimos. Si alguna vez un cliente te ha dicho o ha tratado de comunicarte que se siente mal pero que «no le ha pasado nada», puede ser porque no se ha fijado realmente en los estímulos de su contexto.
Ahora que tenemos una idea por encima de los dos tipos de estímulos principales –condicionados e incondicionados, que a su vez pueden ser apetitivos o aversivos–, podemos dar un paso más y hablar de los dos tipos de condicionamientos que existen: los excitatorios y los inhibitorios.
La idea es, en realidad, muy sencilla: un condicionamiento excitatorio es el de nuestro ejemplo con el perro, porque se aprende que la relación entre el estímulo condicionado (EC) –como el gruñido– y el incondicionado –el mordisco– es estadísticamente positiva, que uno va junto al otro.
Pero los estímulos condicionados pueden señalar lo contrario: que el estímulo incondicionado no va a aparecer, como cuando vemos a la señora sin su perro. Esta relación estadística negativa se llama inhibitoria.
Fíjate cómo la emoción cambia cuando vemos a la señora del perro en función de si va con él o no: cuando la vemos sola sentimos alivio, pero cuando la vemos con el perro sentimos ansiedad.
Como hay dos tipos de condicionamientos y dos tipos de EI, podemos hacer la siguiente tabla de relaciones:
Para cada una de estas relaciones entre estímulos contextuales experimentaremos emociones distintas (Pérez-Fernández et al., 2017):
a) Presentación de un EI apetitivo. La aparición de un estímulo incondicionado apetitivo suele provocar una reacción que denominamos alegría. Cuando un EC excitatorio apetitivo anuncia que ese EI va a aparecer, la respuesta emocional que suele producirse es la esperanza. Por ejemplo, disfrutar del sabor dulce de un alimento sería la presentación de un EI apetitivo, mientras que saber que vamos a recibir un bonus en la nómina puede generar esperanza al predecir la aparición de un estímulo apetitivo.
b) Presentación de un EI aversivo. La aparición de un estímulo incondicionado aversivo –como una lesión o un sonido muy intenso– suele provocar una reacción que calificamos como miedo. En cambio, cuando un EC excitatorio aversivo anuncia la aparición de ese EI, la reacción emocional suele denominarse ansiedad. Por ejemplo, el mordisco de un perro sería un EI aversivo, mientras que los gruñidos o ladridos que lo predicen pueden generar ansiedad.
c) No presentación de un EI apetitivo. Para que la ausencia de un estímulo tenga algún efecto sobre el organismo, debe existir previamente un contexto excitatorio: es decir, deben estar presentes EC que en el pasado hayan precedido la aparición de ese EI. Que no te paguen después de realizar un trabajo o que corras para coger el autobús y no llegues a tiempo son ejemplos de situaciones en las que esperábamos que apareciera un EI apetitivo y finalmente no aparece. Estas situaciones pueden generar frustración o ira, algo frecuente también durante los procedimientos de extinción o cuando se interrumpe una cadena conductual. Cuando aparecen EC inhibitorios apetitivos –estímulos que predicen que un EI apetitivo no aparecerá–, la reacción emocional resultante suele denominarse decepción.
d) No presentación de un EI aversivo. En este caso ocurre algo parecido al anterior: para que la ausencia de un EI aversivo produzca una respuesta emocional, tiene que existir un contexto excitatorio aversivo que haya señalado previamente su aparición. Por ejemplo, si llegamos tarde al cine pero comprobamos que la película todavía no ha empezado, o si esperamos que nos pregunten en clase pero el tiempo se acaba antes de que puedan hacerlo, la ausencia del estímulo aversivo esperado puede producir alivio. En ambos casos, se trata de situaciones en las que determinados estímulos habían predicho anteriormente la aparición de un EI aversivo. Del mismo modo, los EC inhibitorios aversivos –es decir, los que predicen que ese EI aversivo no aparecerá– también suelen producir alivio.
Cómo lo que nos decimos altera las emociones
Hasta ahora hemos hablado de estímulos que vienen «de fuera»: un perro, una nota, la cara del jefe... Pero hay una fuente muy habitual de estímulos que «no vienen de fuera»: son los que el cliente se dice a sí mismo.
Cuando hablamos de «lo que nos decimos» no nos referimos a un monólogo interno mental. Nos referimos a tactos verbales. Por ahora valga decir que son respuestas verbales bajo el control de estímulos, muchas veces privados. Simplemente una palabra que emitimos ante algo que estamos percibiendo y que, generalmente, lo nombra. Si ves un gato y dices «gato», eso es un tacto. Si notas una opresión en el pecho y dices «ansiedad», también; como esa sensación solo la notas tú, eso es (un estímulo) privado. Estas respuestas difieren de otras que son funcionalmente diferentes como por ejemplo repetir «gato» cuando otra persona dice «gato» –lo que se llama respuesta ecoica–. Como no es la misma conducta se llama de forma diferente.
El caso es que esos tactos no son neutros. No son etiquetas que ponemos después de sentir, como quien pone un subtítulo a una foto. Son parte del proceso emocional y lo modifican, pues también tienen carga emocional.
Imagina que uno de tus clientes está a punto de hablar en público. Nota el corazón acelerado, las manos sudando, la respiración corta. Hasta ahí, pura fisiología. Ahora viene la parte interesante: ¿qué se dice?
Si se dice «tengo muchos nervios, lo voy a hacer fatal», está metiendo varios estímulos condicionados de forma excitatorio-aversiva. Al introducir este estímulo en una cadena de respuestas fisiológicas perceptibles, y de tener este la capacidad de provocar más respuestas, la experiencia de ansiedad puede ir a peor: el corazón se acelera aún más y la evaluación de la amenaza sube.
Si logra decirse que, simplemente, «tengo el cuerpo muy activado, no pasa nada», está introduciendo estímulos menos problemáticos en este sentido. Muchas veces la gente sobredimensiona el peligro y el significado de lo que siente.
Fíjate en que la diferencia no está en lo que el cliente siente, sino en cómo lo nombra. Y aquí es donde el lenguaje influye en el condicionamiento transformando funciones, aunque la explicación es contenido para otro artículo: no necesita que un perro le muerda para aprender a tener miedo a los perros. Le basta con que su madre le diga «cuidado con ese perro que es agresivo» o con que vea una película en la que un perro ataca a alguien. El lenguaje transforma el estímulo neutro en condicionado sin que tenga que experimentarlo. Esto es, por lo general, una gran ventaja evolutiva, pero en la sociedad compleja y acelerada en la que vivimos se convierte en una auténtica faena que gestionar.
Lo mismo pasa con lo que un cliente se dice sobre sí mismo. Si cada vez que comete un error se dice «soy un desastre», está emparejando estímulos y formando un concepto totalmente errado sobre sí mismo. Con el tiempo el error por sí solo le genera una emoción aversiva, aunque no haya consecuencias reales. «Se ha condicionado» con sus propias palabras.
Ahora, ¿esto significa que basta con que el cliente se diga «voy a estar bien» para solucionarlo? No. Si fuera tan fácil, no habría psicólogos. Lo que significa es que el etiquetado verbal es una palanca. Puede utilizarlo para cambiar la evaluación que hace del evento.
Scherer (2009) lo describe como un bucle de retroalimentación: el etiquetado modifica la evaluación inicial, que modifica los componentes fisiológicos, que modifican la representación central, que modifica el etiquetado. Es un círculo. Y como todo círculo, puedes entrar en él por cualquier punto. El lenguaje es uno de los más accesibles y es lo principal que trabajamos en terapia.
Un ejemplo cotidiano. Un cliente está esperando una respuesta importante –una oferta de trabajo, un mensaje de alguien que le importa–. No llega. Aquí hay dos caminos:
Camino A: «No me contestan. Seguro que la he cagado. No valgo nada».
Camino B: «No me contestan. No sé por qué. Puede ser cualquier cosa».
El evento es el mismo. El contexto es el mismo. Lo que cambia es lo que se dice. Y eso cambia ligeramente la experiencia de la emoción. No obstante, esto es una técnica cognitiva que ahora mismo no viene muy al caso, pero ten en cuenta todo lo dicho sobre los tactos –o etiquetas verbales–.
Esto conecta con algo que ya mencionamos al principio: la granularidad emocional. Si un cliente no tiene palabras precisas para lo que siente, usa «me siento mal» para todo. Y «me siento mal» no le dice qué hacer. En cambio, si puede distinguir «siento decepción», «siento ansiedad», «siento frustración», tiene más opciones. La decepción se trabaja de una forma, la ansiedad de otra, la frustración de otra. Por eso el lenguaje es una de las partes fundamentales de la emoción.
Por qué las emociones son variables motivadoras
Esta parte puede ser todo lo sencilla o todo lo complicada que queramos. Vamos a decirlo sencillamente: las emociones, en una determinada interpretación desde el análisis de la conducta, pueden entenderse como operaciones motivadoras (Lewon y Hayes, 2014).
Las operaciones motivadoras son «cualquier cosa» que altere la eficacia reforzante/punitiva de una consecuencia y que altere la probabilidad de emisión de conductas relacionadas con esa consecuencia.
Una consecuencia reforzante o un reforzador es, en general, un estímulo que se produce o aparece como consecuencia de una conducta y que hace que esa conducta se repita con mayor probabilidad en el futuro.
Esto último es importante: no todo lo que producimos con nuestra conducta es un reforzador. Una conducta puede producir muchos efectos o consecuencias, pero solo hablamos de reforzador cuando alguno de esos efectos contribuye a que la conducta vuelva a ocurrir.
Dicho de una manera más sencilla –aunque menos precisa–, un reforzador es aquello para lo que se realiza la conducta.
Asumimos que todo lo que hacemos sirve para algo. Si comer sirve para saciar el hambre, ¿qué es lo que hace a la saciedad del hambre algo valioso que conseguir con la conducta «comer»? El hambre como operación motivadora.
Algunas de las operaciones motivadoras más fáciles de ver son las siguientes: pasar hambre, pasar frío o calor, sentir miedo, sentir vergüenza... Todas estas variables son motivadoras porque alteran el valor de ciertos reforzadores (lo que conseguimos con la conducta). Por ejemplo, si tienes frío seguramente te levantes a coger una manta o a ponerte una sudadera, algo que no habría sucedido si el frío no hubiera funcionado como variable motivadora.
En el futuro haremos un artículo en «Apuntes de psicología» para profundizar en esto. Pensamos que las operaciones motivadoras son las grandes olvidadas de la ciencia de la conducta. Por ahora continuemos en nuestra misión de distinguir las emociones.
Cómo distinguir las emociones
Hasta ahora nos hemos centrado en comprender qué son las emociones y qué las elicita desde el análisis de la conducta. Ahora conviene cambiar hacia un registro práctico para que puedas ayudar a un cliente a ponerle nombre a su experiencia.
Para distinguir las emociones no basta con ver qué sucede justo antes –cuáles son esas situaciones que las anteceden–. También tenemos que incluir en el análisis qué nos decimos sobre las situaciones, como hemos visto en el apartado de más arriba. Y, por último, conocer por qué esto nos interesa como seres vivos –es decir, hacia dónde nos dirigen como variables motivadoras–. Ahora queda lo más difícil: integrarlo todo en un diálogo sistemático y congruente.
Una forma muy útil de conseguirlo consiste en hacerle al cliente unas pocas preguntas:
¿Qué pasó? ¿Qué se dijo sobre lo que pasó? ¿Qué notó en el cuerpo? ¿Qué impulso tuvo? ¿Qué hizo o dijo?
No hace falta que el cliente lo tenga clarísimo a la primera ni que encuentre una palabra que encaje a la perfección. El objetivo es ir delimitando hasta que algunas emociones resulten más congruentes para el momento escrutado que otras. La etiqueta no es el inicio del análisis sino el resultado del mismo.
Linehan (2021a, 2021b) propone precisamente este procedimiento: observar y describir distintos componentes de una respuesta emocional y utilizar después las características típicas de diferentes emociones como una guía para identificarlas. Un aviso: estas características no son una definición rígida: pueden variar entre personas debido a su historia de aprendizaje y a otros factores culturales e individuales.
Qué pasó justo antes
Empieza por pedir al cliente que describa el acontecimiento desencadenante de la forma más concreta posible.
Que no escriba:
«Mi jefe me trató fatal».
Sino que intente escribir algo que pueda observarse desde fuera objetivamente:
«Mi jefe me llamó a su despacho y me dijo que el informe tenía varios errores».
La diferencia es importante. En la primera frase estaba mezclado el hecho con una valoración acerca del mismo. En la segunda ha separado, en la medida de lo posible, lo que ocurrió de lo que pensó sobre ello.
El acontecimiento tampoco tiene por qué ser externo. Una emoción puede desencadenarse por algo que hace, por una sensación corporal, por un recuerdo, por un pensamiento que «da vueltas» o incluso por otra emoción antecedente. En este último caso hablamos de emoción primaria y secundaria: la primaria es la primera reacción (por ejemplo, miedo) y la secundaria es la que surge como respuesta a esa primera emoción (por ejemplo, enfado con uno mismo por haber sentido miedo). Puedes sentir miedo y después enfadarte contigo mismo por haber sentido miedo. En ese caso, la segunda emoción tiene como antecedente la primera.
Por tanto, cuando ayudes al cliente a identificar qué desencadenó una emoción, no pienses únicamente en «qué le hizo otra persona». Pregunta más bien: ¿Qué ocurrió inmediatamente antes de que empezara a notarla?
Qué se dice sobre lo que ha ocurrido
Después viene una parte que puede resultar más difícil: distinguir el acontecimiento de su interpretación del acontecimiento. Imagina que un cliente manda un mensaje a una persona importante para él y no recibe respuesta durante varias horas. El hecho previo a la emoción es bastante sencillo de objetivar:
«Le mandé un mensaje y no me respondió».
A partir de ahí pueden aparecer interpretaciones muy diferentes:
«Se ha enfadado conmigo».
«Ya no le intereso».
«Seguro que le ha pasado algo».
«Le habrá surgido algún imprevisto».
El acontecimiento es el mismo. La respuesta verbal puede ser muy diferente y, como hemos visto, esta respuesta verbal es un nuevo estímulo con significado emocional.
Linehan insiste especialmente en esta distinción porque muchas veces respondemos a nuestras propias interpretaciones y no directamente a los hechos. Su pasado como terapeuta es cognitivo, al fin y al cabo. Las interpretaciones incluyen pensamientos, creencias, atribuciones, suposiciones y evaluaciones de lo ocurrido.
Esto no significa que primero ocurra un hecho completamente neutro y después, en un segundo momento, aparezca una interpretación consciente. El proceso puede ir prácticamente al mismo tiempo. Lo importante para nuestro propósito es que, cuando ayudes a reconstruir una emoción, intentes separar ambas cosas.
Hecho: «No me ha contestado».
Interpretación: «Está pasando de mí».
Qué nota en el cuerpo
Ahora puedes fijarte con el cliente en la parte más evidente de muchas emociones: los cambios fisiológicos.
Puedes preguntarle: ¿Se te acelera el corazón? ¿Notas calor? ¿Tensión muscular? ¿Un nudo en el estómago? ¿Presión en el pecho? ¿Lágrimas? ¿Náuseas? ¿Temblor? ¿Sensación de ligereza?
No intentes hacer que el cliente decida todavía qué emoción es.
Esto es importante porque una misma respuesta fisiológica puede aparecer en emociones diferentes (o ante el consumo de sustancias como la cafeína). Tener el corazón acelerado no significa por sí solo que el cliente esté sintiendo miedo. Puede aparecer también con alegría, ira, excitación o muchas otras experiencias.
Qué le apetece hacer
La pregunta «¿qué impulso me produce esta experiencia?» es especialmente útil para entender qué emoción estamos sintiendo. Cuando un cliente tiene miedo, lo más seguro es que quiera escapar. Cuando tiene ansiedad, quizá quiera evitar, al ser una emoción elicitada por una anticipación de un peligro que aún no ha sucedido –salvo en su cabeza, claro–. Cuando siente enfado, quizá quiera enfrentarse, discutir, protestar o atacar. Cuando está triste, quizá quiera retirarse, buscar apoyo o minimizar molestias. Cuando siente culpa, quizá aparezca el impulso de disculparse, reparar lo ocurrido o acercarse para compensar el daño.
El impulso no es exactamente lo mismo que la conducta según Linehan, sino que es un componente que ella sitúa como parte de las emociones. Un cliente puede tener ganas de gritar y no gritar. Puede querer huir y quedarse. Puede sentir el impulso de aislarse y llamar a alguien.
Para identificar una emoción interesa precisamente esa tendencia: ¿hacia dónde me empuja lo que estoy sintiendo? Esa es la variable motivadora para el análisis de la conducta, pues nos cuenta qué consecuencias se han vuelto más valiosas.
Qué hace realmente y qué obtiene con ello
El último paso consiste en detectar qué hacemos tras el impulso y qué conseguimos. Este componente forma parte de un análisis funcional de la conducta y empieza a salirse de la emoción. En un sentido estricto, la emoción llega hasta «el impulso».
Escapar, golpear, gritar, herir con las palabras, comer vorazmente, bloquear, pasear... Todas estas son conductas que pueden seguir a emociones: bien para experimentarlas –o maximizarlas–, o bien para no experimentarlas.
Si el cliente ha dicho algo ofensivo, es posible que la emoción anterior fuera enfado o ira, y también que esta emoción hubiera sido provocada por un estímulo que significa que «no soy suficiente». Si el cliente ha evitado una situación, es posible que la emoción que sentía cuando la anticipaba fuera ansiedad, y también que hubiera sido provocada por una imagen del evento que ha evitado, etc.
Como el análisis funcional de la conducta es otra cuestión que desarrollaremos en otro momento, vamos a concluir con un diccionario que ayuda a contextualizar las emociones y que podemos presentar a los clientes.
Un pequeño diccionario para empezar
Linehan (2021a), en la ficha de regulación emocional 6 (descárgala aquí), describe características típicas de diez emociones –enfado, asco, envidia, miedo, alegría, celos, amor, tristeza, vergüenza y culpa–. La idea es que podamos comparar la experiencia del cliente con varios patrones contextuales posibles en lugar de limitarnos a «bien» o «mal». Estas son las secuencias más habituales para las principales emociones:
Miedo
Palabras: alerta, aprehensión, ansiedad, desconfianza, inseguridad, horror, intranquilidad, inquietud, nerviosismo, preocupación, recelo, shock, sobresalto, sospecha, susto, temor, tensión, terror.
Eventos: que su vida, su salud o su bienestar (o los de un ser querido) estén amenazados; volar en avión; flashbacks o escenas retrospectivas que le vienen a la mente; encontrarse en una situación desconocida; el silencio; tener que desempeñarse delante de otros (p. ej., en la escuela o en el trabajo); estar solo/a (p. ej., al caminar, en casa, vivir solo); vivir una situación en la que ha sido amenazado/a o herido/a, o en la que han sucedido cosas dolorosas; estar en situaciones en las que ha visto cómo otras personas eran amenazadas, heridas o les sucedían cosas dolorosas; permanecer en la oscuridad; estar en una multitud; perseguir sus sueños; salir de casa; la velocidad.
Interpretaciones: «puedo morirme o me estoy muriendo», «pueden hacerme daño o puedo perder algo valioso», «alguien podría rechazarme, criticarme o desaprobarme, o yo podría no caerle bien», «puedo fracasar» (anticipar una frustración), «pasaré vergüenza», «no encontraré la ayuda que deseo o creo necesitar», «podría perder la ayuda que ya conseguí», «podría perder algo o a alguien que deseo, lo bueno se va a terminar», «perderé el control, estoy desvalido/a», «perderé el sentido de dominio o competencia».
Cambios fisiológicos y experiencias: transpirar; diarrea o vómitos; sentir nervios, ansiedad o intranquilidad; sentir pesadez o tensión abdominal; estremecerse, tiritar o temblar; sentir escalofríos, sudor frío o piel erizada; lanzar miradas rápidas alrededor; querer evitar cosas o salir corriendo; sentir ahogo o un nudo en el pecho o el estómago; tener ganas de gritar o pedir ayuda; falta de aire y respiración agitada; tensión muscular y entumecimiento.
Expresiones y acciones: hablar de manera nerviosa o temerosa, con un tono de voz tembloroso o quebradizo; hablar menos o quedarse sin habla; ponerse hipervigilante; llorar o gritar; que le tiemble la voz; suplicar o pedir ayuda; congelar la mirada; escapar o huir; correr o caminar apurado; erizársele el pelo; esconderse o evitar lo que teme; intentar no moverse; paralizarse. Consecuencias: volverse desatento/a; perder el control; estar en extremo vigilante ante las amenazas; aislarse; perder la capacidad de concentrarse; estar desorientado/a; recordar y rumiar otros momentos amenazantes o en los que las cosas no salieron bien; imaginar la posibilidad de más pérdidas o fracasos; estar asombrado/a o aturdido/a; despersonalizarse, experimentar disociaciones, aletargarse, insensibilizarse o conmocionarse.
Ira o enfado
Palabras: agresividad, amargura, arrebatamiento, aversión, bronca, cólera, desagrado, despecho, destructividad, exasperación, fastidio, frustración, furia, hostilidad, indignación, enojo, irritación, malhumor, molestia, odio, queja, rabia, rencor, enfado, enfurecimiento, resentimiento, venganza.
Eventos: que le bloqueen un objetivo importante; sufrir dolor físico o emocional; que las cosas no salgan como esperaba; perder poder, estatus o respeto; que otros le amenacen o ataquen, a él/ella o a alguien que le importa.
Interpretaciones: «me han tratado injustamente», «están bloqueando o deteniendo mis metas importantes», «tengo razón» (pensar de forma rígida), rumiar sobre el evento que desencadenó el enfado en primer lugar, culpar, «las cosas deberían ser diferentes de lo que son», «esta situación es ilegítima o incorrecta». Cambios fisiológicos y experiencias: contraer los músculos; sentir que la cara se ruboriza o se calienta; ser incapaz de detener las lágrimas; querer lastimar a alguien; apretar los dientes; sentirse como si fuera a explotar; querer pegar a alguien, golpear la pared, tirar algo o estallar; apretar los puños.
Expresiones y acciones: atacar física o verbalmente; apretar las manos o los puños; hacer gestos agresivos o amenazantes; fruncir el ceño, no sonreír, poner mala cara; golpear, tirar o romper cosas; evitar a los demás o alejarse de ellos; caminar pesadamente, pisando fuerte, dar portazos; llorar; irse; hacer burlas; usar un tono de voz fuerte, pendenciero o sarcástico; sonrojarse o tener la cara enrojecida; decir obscenidades o malas palabras; criticar o quejarse. Consecuencias: limitación de la atención; despersonalización, experiencias disociativas, entumecimiento; imaginar situaciones futuras que le harán enfadar; rumiar sobre la situación que le enfada o sobre situaciones del pasado; atender solo a la situación que le está enfadando.
Tristeza
Palabras: abandono, abatimiento, aislado/a, amargura, añoranza, consternación, congoja, dolido/a, depresión, derrota, desánimo, desconsuelo, desesperanza, desgracia, desilusión, destrozado/a, infortunio, lástima, lúgubre, malestar, melancolía, miserable, nostalgia, pena, pesar, soledad.
Eventos: que las cosas no resulten como esperaba o quería; estar separado/a de alguien que le interesa o valora, o pensar en cuánto lo echa de menos; la muerte de un ser querido o pensar en ello; ser rechazado/a o excluido/a; perder una relación significativa o pensar en las pérdidas; ser desaprobado/a o desfavorecido/a, o no ser valorado/a por la gente que le interesa; que una situación no tome el rumbo deseado; descubrir que tiene poco poder o está indefenso/a; que suceda algo que no quería; estar con alguien triste, dolido o afligido; no conseguir lo que quiere y cree necesitar en su vida, o pensar en todo lo que no logró; leer o escuchar los problemas de otras personas o del mundo; no obtener algo por lo que trabajó; que las cosas sean peor de lo que esperaba.
Interpretaciones: «me he separado de alguien por mucho tiempo o para siempre», «veo las cosas de mi vida con desesperanza, nada será placentero», «soy inútil o valgo poco», «no voy a conseguir lo que deseo o necesito para mi vida».
Cambios fisiológicos y experiencias: sentirse cansado/a, agotado/a o sin energía; sentir como si no pudiera parar de llorar; sentirse aletargado/a, apático/a, con ganas de estar todo el día en la cama; dificultad para tragar; sentir dolor o un nudo en el pecho o el estómago; aumento o disminución del apetito; falta de aliento; sentirse vacío/a; mareo.
Expresiones y acciones: evitar las cosas; fruncir el ceño; ojos caídos; sentarse o acostarse en cualquier sitio, estar inactivo/a; estar más lento/a, arrastrar los pies; estar desplomado/a, tener una postura caída; hablar poco o no hablar; decir cosas tristes; expresarse de forma lenta, baja y monótona; abandonarse y no tratar de mejorar; estar melancólico/a, cavilar o estar taciturno/a; hablar con alguien de la tristeza; aislarse socialmente; quedarse en la cama todo el día o dormir mucho; darse por vencido/a; rumiar; sollozar; llorar. Consecuencias: incapacidad para recordar cosas alegres; culparse o criticarse; sentirse irritable, susceptible o gruñón/a; recordar o imaginar otros momentos de tristeza o de pérdida; quejarse por las cosas o personas perdidas; actitud desesperanzada y pérdida de interés; tener una mirada negativa, pensar solo en el lado malo de las cosas, ver «el medio vaso vacío»; trastornos del apetito y del sueño; anhelar y buscar lo perdido.
Culpa
Palabras: arrepentimiento, pecado, equivocarse, remordimiento, lástima, lamentarse.
Eventos: hacer o pensar algo que cree que está mal o que viola sus valores personales; causarse daño o lastimarse; no hacer algo que dijo que iba a hacer; recordar, o que le recuerden, algo que hizo mal en el pasado; cometer una transgresión contra otra persona o contra algo que valora; causar daño o lastimar a otra persona o romper un objeto.
Interpretaciones: «soy culpable de algo», «quizás si hubiese hecho algo diferente…», «me comporté mal».
Cambios fisiológicos y experiencias: cara roja; calor; incomodidad e inquietud; sofocación.
Expresiones y acciones: sentir el impulso de pedir disculpas reiteradamente; pedir disculpas, confesar, reconciliarse; sentir el impulso de aislarse; bajar la cabeza; sentir el impulso de castigarse; arrodillarse ante la persona; intentar reparar el daño, desagraviar, compensar o cambiar los resultados del daño. Consecuencias: comprometerse a cambiar; modificar la conducta; buscar ayuda; rumiar; evitar o aislarse.
Vergüenza
Palabras: bochorno, descompostura, embarazoso, escarnio, humillación, inadecuación, inseguridad, invalidación, lástima, mortificación, pudor, retraimiento, timidez.
Eventos: ser rechazado/a por personas que le importan; ser traicionado/a por la persona que ama; hacer, sentir o pensar algo que considera (o que alguien a quien admira considera) malo, inmoral o incorrecto; recordar algo equivocado, inmoral o «vergonzoso» que hizo en el pasado; fallar en algo en lo que siente que es, o debería ser, competente; que se exponga un aspecto muy privado de su persona o de su vida; ser rechazado/a o criticado/a por algo por lo que esperaba ser elogiado/a; que alguien se entere de que se equivocó; tener emociones que han sido invalidadas; ser el hazmerreír u objeto de burla; que se exponga un aspecto físico suyo que no le gusta; ser criticado/a en público o recordar críticas públicas; comparar algún aspecto de su persona o de su conducta con la media estándar y sentir que no la alcanza; que otros ataquen su integridad.
Interpretaciones: «los otros me van a rechazar», «soy malo/a, inmoral, incorrecto/a o defectuoso/a», «soy inferior, no soy lo suficientemente bueno/a» (invalidarse a sí mismo/a), «no he alcanzado las expectativas que me impuse», «comparado con otros, soy un/a perdedor/a», «no he logrado lo que los demás esperan de mí», «no merezco ser querido/a», «mis conductas, pensamientos o sentimientos son tontos o estúpidos», «mi cuerpo, o parte de él, es demasiado grande, muy pequeño o feo».
Cambios fisiológicos y experiencias: dolor en la boca del estómago; sensación de temor o pavor; llanto, lágrimas, sollozos; sonrojarse, sentir la cara caliente; sentimientos de temor; querer achicarse o desaparecer; querer cubrirse la cara y el cuerpo.
Expresiones y acciones: esconder a los demás conductas o características propias; evitar a la persona a la que ha herido o que sabe que hizo algo mal; evitar a la persona que le juzga o le critica; adoptar posturas decaídas; ignorar sus cosas, distraerse; pedir disculpas o perdón reiteradamente; retirarse, taparse la cara, esconderse; hablar entrecortado con un volumen muy bajo; inclinar la cabeza, arrodillarse ante otra persona, arrastrarse o rebajarse; bajar los ojos o mirar hacia otro lado. Consecuencias: evitar pensar en la transgresión, encerrarse, bloquear las emociones; realizar conductas impulsivas o distractoras con la intención de «desenchufar» la atención o la mente; tener la atención muy concentrada en uno/a mismo/a; creer que es defectuoso/a; despersonalización, experiencias disociativas, insensibilidad o shock; incapacidad para resolver problemas; enfado intenso, tristeza, temor u otras emociones negativas; conflictos con otras personas, aislamiento, sentirse alienado/a.
Asco/rechazo
Palabras: antipatía, aversión, desagrado, fastidio, horror, indignación, injuria, menosprecio, náusea, repugnancia, repulsión.
Eventos: ver u oler desperdicios de humanos o animales; ver sangre o que le saquen sangre; que se le acerque una persona o un animal sucio o repugnante; observar o escuchar a alguien que actúa con hipocresía o adula en extremo; probar algo, o ser forzado/a a probar o tragar algo, que no quiere; observar o escuchar sobre traición, abuso infantil, racismo u otros tipos de crueldad; ver un cadáver o estar cerca de él; ser forzado/a a mirar algo que viole profundamente sus valores de mente sabia; tocar cosas que usó una persona muerta, desconocida o que le desagrada; confrontar a alguien que viola profundamente sus valores de mente sabia; observar o escuchar sobre personas que se conducen sin dignidad o que se la quitan a otros; ser forzado/a a ver o participar en contactos sexuales no deseados.
Interpretaciones: «estoy tragando algo tóxico», «mi piel o mi mente están contaminadas», «mi cuerpo, o partes de él, son horribles», desaprobarse de forma extrema, a uno/a mismo/a y a las propias emociones, pensamientos o conductas; «esa persona es irrespetuosa con la autoridad o con las normas éticas del grupo, es desleal o no honra los valores comunitarios», «esa persona es inmoral, ha pecado o ha violado el orden natural de las cosas», «soy moralmente superior a esa persona» (despreciarla a ella o a sus creencias).
Cambios fisiológicos y experiencias: sensación de náuseas o vómitos; impulso de escapar o alejarse; impulso de vomitar, sensación de asfixia o atragantamiento; carraspear para aclararse la garganta; nudo en la garganta; sentirse contaminado/a, sucio/a o intoxicado/a; toser; sentirse mentalmente contaminado/a; impulso de bañarse.
Expresiones y acciones: vomitar, escupir; atacar físicamente la causa del malestar; cerrar los ojos, mirar hacia otro lado; decir obscenidades o maldecir; higienizarse o limpiar el ambiente o la casa; apretar los puños, cerrar con fuerza las manos; cambiarse de ropa; poner cara de asco; evitar beber o comer; fruncir la nariz; patear o empujar, salir corriendo; arquear los labios hacia abajo; tratar con desdén, irrespetuosamente o con desprecio. Consecuencias: volverse desatento/a; rumiar sobre la situación que le genera asco o rechazo; volverse hipersensible a la suciedad.
Envidia
Palabras: anhelo, amargura, ambición, codicia, competencia, descontento, insatisfacción, ponerse verde, rencor, resentimiento, rivalidad.
Eventos: que otra persona tenga algo que quiere o necesita de verdad, pero que él/ella no tiene o no puede tener; recordar, o que le recuerden, que todos poseen cosas que él/ella no; que alguien reciba un reconocimiento positivo y él/ella no; saber que no puede formar parte de un grupo social ni encajar en él; no pertenecer al grupo de las personas «populares»; conocer a alguien que parece tenerlo todo; estar entre personas que tienen más que él/ella; que otra persona obtenga el crédito por algo que hizo él/ella; que alguien con quien compite tenga más éxito que él/ella en un área que le importa.
Interpretaciones: «merezco lo que tienen otros», «no he tenido suerte», «los otros tienen más que yo», compararse con otros que tienen más, «la vida ha sido más generosa con otros que conmigo», compararse con quienes tienen características que le gustaría tener, «la vida me ha tratado injustamente», «me valoran poco», «soy inferior, un fracaso o un mediocre en comparación con otros».
Cambios fisiológicos y experiencias: tensión muscular; odiar a la otra persona; apretar los dientes, rigidez de los labios; querer que la persona o la gente que envidia pierda, tenga mala suerte o se lastime; sentir la cara caliente y ponerse colorado/a; sentir placer cuando otros fracasan o pierden lo que poseen; apretar los puños; sentirse infeliz cuando otros tienen suerte; dolor en la boca del estómago; tensión nerviosa, ansiedad o incomodidad.
Expresiones y acciones: hacer todo lo posible por tener lo que otro posee; actuar para que el otro fracase o pierda lo que tiene; trabajar más arduamente de lo común; decir cosas malas sobre la otra persona o dejarla mal ante los demás; mejorar la situación o mejorarse a sí mismo/a; intentar quedar mejor que la otra persona; quitarle o arruinarle al otro lo que tiene; querer ajustar cuentas; atacar o criticar a la otra persona; sentirse competitivo/a o motivado/a para mejorar; hacer algo para quedar a mano. Consecuencias: volverse desatento/a; estar pendiente solo de lo que otros tienen y él/ella no; recordar las veces en que otros tuvieron más; rumiar sobre lo que no tiene sin poder dejar de hacerlo; decidir cambiar o motivarse para alcanzar lo que admira en otros; no considerar lo que tiene ni quién es, y no apreciar lo que otros hacen por él/ella o le brindan; evitar a las personas que tienen lo que quiere.
Alegría
Palabras: alborozo, buen humor, contento, deleite, dicha, disfrute, diversión, entretenimiento, enérgico/a, entusiasmo, esperanza, euforia, excitación, éxtasis, exaltación, felicidad, fervor, gozo, júbilo, optimismo, placer, regocijo, satisfacción, triunfo.
Eventos: tener éxito en una tarea; lograr un resultado deseado; conseguir lo que quiere; recibir estima, respeto y alabanzas; conseguir aquello por lo que trabajó duro o resolver algo que le preocupaba; recibir una sorpresa agradable; que las cosas resulten mejor de lo que esperaba; que la realidad supere sus expectativas; tener sensaciones agradables; hacer cosas que evoquen o creen sensaciones placenteras en la mente; ser aceptado/a por los demás; pertenecer a un grupo (estar con gente que le acepta); recibir amor, simpatía o afecto; estar en contacto con gente que le ama o le aprecia.
Interpretaciones: interpretar los eventos placenteros tal como son, sin sumarles ni quitarles nada.
Cambios fisiológicos y experiencias: sentirse apasionado/a; sentirse en paz; impulso de continuar con lo que genera la alegría; sentirse abierto/a o expansivo/a; sentirse enérgico/a, activo/a o «genial»; ruborizarse; sentirse risueño/a, proclive a la risa.
Expresiones y acciones: sonreír; dar saltos de alegría; tener una expresión facial deslumbrante, encendida; decir cosas positivas; estar inquieto/a o activo/a, con mucha chispa; usar un tono de voz entusiasta o apasionado; comunicar sus buenos deseos; estar embobado/a; compartir sus sentimientos; estar comunicativo/a o conversador/a; abrazar a las personas. Consecuencias: ser cortés o amigable con los demás; hacer cosas buenas por otros; tener un punto de vista positivo, ver el lado bueno («el medio vaso lleno»); tener alta tolerancia ante las preocupaciones, dificultades o molestias; recordar e imaginar otras veces en que se ha sentido alegre; esperar sentirse alegre en el futuro.
Celos
Palabras: aferrarse, alerta, amenazado, autoprotección, cautela, desconfiado, miedo a la pérdida, posesivo, precaución, preocupación, rivalidad, suspicacia.
Eventos: que alguien amenace con quitarle algo muy importante; que una relación querida esté amenazada o en riesgo de romperse; enterarse de que la persona con la que mantiene una relación está teniendo una aventura; que alguien salga con la persona que le atrae; que alguien le ignore mientras presta atención a otra persona (p. ej., en una charla se dirige a otra persona y no le mira); que un posible competidor preste atención a quien ama; que alguien más atractivo/a, seguro/a o sociable flirtee con la persona con la que está románticamente involucrado/a; que su pareja, lo sepa o no, flirtee con otra persona; no ser tratado/a con prioridad.
Interpretaciones: «mi pareja no se preocupa por mí», «no soy nada para él/ella», «mi pareja me va a dejar», «mi pareja se conduce de forma inapropiada», «no estoy a la altura de mis pares», «merezco más de lo que recibo», «me han engañado», «nadie se preocupa por mí».
Cambios fisiológicos y experiencias: falta de aire; taquicardia; sensación de atragantamiento o ahogo; tensión muscular; bruxismo; sentirse suspicaz y desconfiado/a; amor propio herido; sentirse rechazado/a; necesidad de estar en control; desesperanza; necesidad de aferrarse a lo que ya tiene; alejar o eliminar a la persona rival.
Expresiones y acciones: aferrarse, querer conservar lo que tiene; actuar violentamente contra la persona que le amenaza; intentar controlar a la persona que teme perder; amenazar a quien le amenaza; acusar verbalmente de deslealtad o infidelidad; espiar a la otra persona; interrogarla; controlar el uso del tiempo o las actividades de la otra persona; coleccionar evidencias de cosas malas; aumentar la dependencia; volverse pegajoso/a o pesado/a; incrementar excesivamente las demostraciones de amor; exigir más actividad sexual. Consecuencias: volverse desatento/a; volverse muy vigilante de la otra persona y de la relación; aislarse y retraerse; evitar a la persona o actuar con indiferencia; cambiar las interpretaciones de eventos previos para sugerir que los celos son razonables; ver lo peor en los otros.
Amor
Palabras: adoración, afecto, agrado, amabilidad, aprecio, atracción, cariño, compasión, deseo, deslumbramiento, encanto, entusiasmo, fascinación, pasión, simpatía, solidaridad, ternura.
Eventos: que una persona le ofrezca o le dé algo que desea, necesita o anhela; que haga las cosas que quiere o necesita; que haga cosas que valora o admira; estar con alguien con quien se divierte; pasar mucho tiempo con una persona; compartir una experiencia especial con una persona; tener una comunicación excepcionalmente buena con una persona; sentirse físicamente atraído/a por alguien.
Interpretaciones: «me ama, me necesita o me aprecia», «es físicamente atractiva», «su personalidad es maravillosa, agradable o atractiva», «puedo contar con ella, siempre estará ahí para mí».
Cambios fisiológicos y experiencias (al estar con alguien o pensar en esa persona): sentirse relajado/a y calmado/a; sentirse entusiasmado/a y lleno/a de energía; querer lo mejor para esa persona; notar que el corazón late más rápido y sentir «mariposas en el estómago»; querer darle cosas; sentirse y actuar con seguridad en uno/a mismo/a; querer verla y compartir tiempo con ella; sentirse invulnerable y poderoso/a; querer estar físicamente cerca de ella o tener relaciones sexuales con ella; sentirse feliz, alegre y eufórico/a; querer cercanía emocional e intimidad; sentirse efusivo/a, confiado/a y seguro/a.
Expresiones y acciones: decir «te amo» o «te quiero»; compartir tiempo y experiencias con alguien; expresar sentimientos positivos a la persona; hacer cosas que otras personas quieren o necesitan; mirarse a los ojos y contemplarse mutuamente; tener sexo o acariciar; tocar, mimar, abrazar, sostener, acariciar; sonreír. Consecuencias: ver solo el lado positivo de la persona; estar olvidadizo/a, distraído/a o soñar despierto/a; sentirse «vivo/a» y capaz; sentirse abierto/a y confiado/a; recordar otros tiempos y a otra gente a la que amó; recordar a otras personas que le amaron; recordar e imaginar otros acontecimientos positivos; creer en sí mismo/a: ser capaz, competente y genial.
Otras palabras importantes para emociones
Cansancio, insatisfacción, aversión; malestar; timidez, fragilidad, reserva, reticencia; cautela, renuencia, recelo, sospecha; sorpresa, asombro, estupor, pasmo, sobresalto, estupefacción; audacia, valentía, coraje, determinación; poder, sentido de competencia, capacidad, dominio; dubitación, escepticismo; apatía, aburrimiento, embotamiento, tedio, inquietud, impaciencia, indiferencia.
Ojo con un detalle: la ficha de Linehan y la taxonomía que vimos antes (Pérez-Fernández et al., 2017) presentan alguna contradicción entre sí. Linehan incluye «ansiedad» entre las palabras del miedo y «esperanza» entre las de la alegría, mientras que en la taxonomía de Pérez-Fernández et al. el miedo es la reacción a la presentación de un EI aversivo, la ansiedad es la que producen los EC que lo anuncian y la esperanza la que producen los EC que anuncian un EI apetitivo. No es un error de ninguna de las dos: son dos maneras distintas de organizar lo mismo, y conviene tenerlo presente cuando comparemos la experiencia de un cliente con estas descripciones.
Estas descripciones no son un test sino pistas contextuales para orientarle. Una misma emoción puede presentarse de forma diferente en personas distintas, y una misma respuesta –por ejemplo, querer aislarse– puede aparecer en emociones diferentes.
Un ejemplo completo
Volvamos a la situación del principio: un cliente llega a consulta y dice «me puse muy mal». Pero esta vez vamos a intentar descomponerla.
Situación: mi pareja me dijo que necesitaba unos días para pensar.
Lo que pensé: «Ya no quiere estar conmigo. Esto se ha terminado. ¿Ahora qué voy a hacer? No creo que sea igual con nadie más».
Lo que noté en el cuerpo: presión en el pecho, nudo en el estómago y ganas de llorar.
Impulso: preguntarle continuamente qué significa, buscar seguridad y evitar quedarme solo.
Lo que hice: le mandé varios mensajes y luego me encerré en casa.
¿Qué emoción es?
No tenemos una fórmula matemática que produzca automáticamente una respuesta, pero ahora podemos comparar. Hay pérdida anticipada, miedo a que la relación termine, activación corporal, ganas de llorar y búsqueda de seguridad.
En lugar de «me sentí como una mierda», quizá ahora podamos decir:
«Sentí miedo y tristeza ante la posibilidad de perder la relación».
La segunda descripción es mucho más informativa, justo lo que buscamos. No necesitamos encontrar una palabra más sofisticada. Necesitamos una palabra que permita discriminar mejor.
El objetivo no es encontrar la palabra perfecta
Cuando el cliente empieza a practicar esto, es fácil caer en otra trampa: pensar que existe una única etiqueta correcta y que, si no la encuentra, lo ha hecho mal. No funciona así.
Puede que una experiencia se parezca a la vez a la tristeza y a la decepción. Puede que empiece llamándola «tristeza» y después se dé cuenta de que había mucho miedo. Puede que descubra que detrás de una emoción que parecía única había varias emociones diferentes encadenadas.
Lo importante es que el cliente haya pasado de una categoría demasiado amplia –«me siento mal»– a una descripción que permita distinguir mejor qué está ocurriendo. En este sentido, poner nombre a una emoción es la forma de observarla mejor.
Un ejercicio para aprender a hacerlo
Durante una semana puedes pedir al cliente que practique con una sola situación al día. No necesita esperar a tener una crisis emocional; de hecho, para empezar suele ser más fácil practicar con emociones de intensidad moderada.
Pídele que escriba estas cinco cosas:
Qué pasó. Que describa el acontecimiento de la forma más concreta posible.
Qué pensó o interpretó. Qué significado le dio a lo ocurrido.
Qué notó. Que incluya sensaciones corporales y cualquier otro cambio que le haya llamado la atención.
Qué impulso tuvo. Qué le apetecía hacer o decir.
Qué emoción o emociones parecen encajar mejor. Que escoja una o varias palabras y, si no lo tiene claro, que escriba dos candidatas.
Por ejemplo:
Qué pasó: mi amigo canceló el plan media hora antes. Qué pensé: «Le da igual verme». Qué noté: presión en el pecho, calor, tensión y ceño fruncido. Qué impulso tuve: bloquearle en WhatsApp. Emoción: ira / decepción.
Después puedes añadir una última pregunta:
¿Qué ha cambiado respecto a mi «me siento mal» inicial?
Ahí está el punto del ejercicio. No necesariamente se sentirá mejor. Tampoco tiene que intentar cambiar la emoción. Ahora simplemente sabe un poco mejor qué está pasando.
Errores frecuentes
El primero es buscar inmediatamente la palabra perfecta. Es mejor generar dos o tres posibilidades y volver a observar los demás componentes.
El segundo es juzgar la emoción mientras intenta identificarla. «No debería estar celoso», «qué ridículo sentir miedo», «soy una persona horrible por sentir envidia», «la que estoy liando por una tontería». Todo eso añade información nueva al episodio y puede hacer todavía más difícil observar lo que estaba ocurriendo inicialmente.
El tercero es intentar hacer este análisis solamente cuando la emoción le desborda por completo. Cuando la intensidad es muy alta, es casi imposible discriminar los distintos componentes de la experiencia. Practicar con emociones cotidianas ayuda a desarrollar la habilidad antes de necesitarla en situaciones más difíciles.
Y hay un cuarto error especialmente importante: confundir la emoción con aquello que la emoción dice sobre la realidad.
Un cliente puede sentir miedo sin que exista un peligro grave. Puede sentir celos sin que exista una infidelidad. Puede sentir culpa sin haber hecho algo realmente reprochable.
La emoción es una experiencia real. La interpretación de la situación es otra cuestión. Enseñar a separar ambas cosas es una de las razones por las que merece la pena aprender a nombrar lo que sentimos.
Referencias
Darwin, C. R. (1872). The expression of the emotions in man and animals. Appleton-Century-Crofts.
James, W. (1890). Principles of psychology. Henry Holt.
Kashdan, T. B., Barrett, L. F., & McKnight, P. E. (2015). Unpacking emotion differentiation: Transforming unpleasant experience by perceiving distinctions in negativity. Current Directions in Psychological Science, 24(1), 10–16.
Kashdan, T. B., DeWall, C. N., Masten, C. L., Pond, R. S., Jr., Powell, C., Combs, D., Schurtz, D. R., & Farmer, A. S. (2014). Who is most vulnerable to social rejection? The toxic combination of low self-esteem and lack of negative emotion differentiation on neural responses to rejection. PLoS ONE, 9(3), e90651. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0090651
Lewon, M., & Hayes, L. J. (2014). Toward an analysis of emotions as products of motivating operations. The Psychological Record, 64(4), 813–825.
Linehan, M. (2021a). Manual de entrenamiento en habilidades DBT para el/la consultante. Psara Ediciones.
Linehan, M. (2021b). Manual de entrenamiento en habilidades DBT para el/la terapeuta. Psara Ediciones.
Pérez-Fernández, V. J., Gutiérrez-Domínguez, M. T., García-García, A., y Gómez-Bujedo, J. (2017). Procesos psicológicos básicos. Un análisis funcional (Edición digital). Editorial UNED.
Russell, J. A. (1980). A circumplex model of affect. Journal of Personality and Social Psychology, 39(6), 1161–1178. https://doi.org/10.1037/h0077714
Scherer, K. R. (2009). The dynamic architecture of emotion: Evidence for the component process model. Cognition and Emotion, 23(7), 1307–1351.
Nota sobre el uso de la IA
Se ha utilizado la IA para facilitar la revisión de erratas y para encontrar contenido en las fuentes primarias.






